lunes, 29 de octubre de 2012

Sin flores, por favor



Últimamente he estado leyendo mucho acerca de la muerte. No en un asunto espiritual, más bien del lado doloroso y sangriento. De la única forma, me parece, del que se puede hablar de la muerte ahora. Lo irónico es que piense sobre esto justo en estas fechas, no es que me lo haya propuesto.

En México apelar a la muerte significa muchas cosas. Sin todo este contexto violento que vemos o leemos todos los días e ignoramos, podría decirse que seguimos burlándonos de la muerte. El acto de morir no es realmente macabro, más bien el modo.

Aquellas cosas místicas de si existe algo más allá de la muerte me parecen absurdas. No lo conozco, no estoy segura, lo que veo, para mí, es lo que existe. Y mientras tanto he pensando en algunas peticiones para el día en que deje de existir en este mundo. Lo hacemos porque “la última voluntad” como le llaman, resulta ser la que más respetan en toda tu vida.

Bien, comenzaré con esos pequeños detalles que respetaran en cuanto muera:

Primero. No flores, son apestosas. Siempre he pensado que flores sólo para los funerales y ni así. Son apestosas durante y son aún más apestosas cuando se mueren.

Segundo. No funerales. Detesto el momento trágico y traumático en el que se vuelven los actos fúnebres. Ese espantoso ritual del velorio es innecesario. Después de eso las funerarias deberían de ofrecer un cincuenta por ciento de descuento en terapias post velatorio. Así que como soy considerada, no quiero ninguna clase de cántico, rezo por mi alma pecadora, ni nada por el estilo.

Tercero. La gente suele ser egoísta o muy inocente para decir “no llores cuando muera”. Es como un reflejo aquello del llanto. No puedo ser tan egoísta o tan ingrata, si quieren llorar háganlo, no más de lo necesario. En algún momento lo olvidaran y entonces si, lloraran lo que tenga que llorar. Después vivirán su vida normal. Resulta que nadie es indispensable, menos una persona solitaria como yo.

Cuarto. Este es el último. No quiero caer en el cliché de aventar las cenizas. Si, quiero la cremación –de hecho la prefiero, eso de estar tres metros bajo tierra, ya me parece macabro –y   repartan mis órganos a diestra y siniestra. Nunca he viajado y la verdad es que no soy fanática de la playa. Las personas creen que cuando dejan sus cenizas en algún sitio estarán ahí para siempre. Bueno es polvo, en polvo nos convertimos. Pero si ese pensamiento algo absurdo sirve, bien, sonará inusual, pero quiero que algo del polvo que seré sea llevado a cada recinto donde haya conciertos, así siempre estaré en los conciertos. El resto de mí… pueden aventarlo, tirarlo, usarlo de abono, pero nunca, jamás… lo conserven, eso es muy tétrico.

Si la muerte de uno es la que no cuesta trabajo. Lo perturbador viene cuando se habla del cómo en la muerte y sobre todo en la ajena.

viernes, 19 de octubre de 2012

Contratos amistosos



Hace un tiempo platicaba con alguien acerca de que las amistades son como contratos. Quizá ya lo veo de esa forma desde que tengo un empleo de oficina, que no hace más que meterme ideas extrañas, las cuáles aún me resisto a integrar a mi estilo de vida y forma de pensar.

Pero volviendo al tema. Si, las amistades son como contratos. Contratos que, hay que admitir, jamás leemos. Aceptamos a las personas en nuestras vidas sin medir las consecuencias. Es casi como el “si, acepto” matrimonial.

Si lo viéramos a modo de transacción sería una especie de inversión. Las relaciones humanas no se miden así, pero la realidad es que se han vuelto así. Inviertes tiempo, esfuerzo, cariño y sobre todo amor por una persona, a la cual tu decidiste dejar entrar. Firmaste un contrato.

Ojalá leyéramos lo que firmamos. Nos desengañaríamos. A la fecha yo no sé qué dice mi contrato de amistad con ciertas personas. He llegado a pensar que incluso son contratos totalmente distintos cuyos títulos varían entre “amigo para parrandear”; “amigo para trabajar”; “amigo para platicar”. Esos no son amigos lo sé, pero siempre utilizamos el invariable “amigo”.

Sospecho que hay contratos que han de decir: “vigencia de tal fecha a tal fecha”. También sospecho que en ciertas amistades la mía dice: “debes dar cariño incondicional” y en la de otro dice “salúdala esporádicamente”. Lo malo es que es una especie de contra voluntad.

Quizá tomo estas relaciones demasiado en serio. Tal vez debería de igualar mi contrato al de ellos para dejar de pensar tanto. Por eso es tan difícil dejar que las personas se acerquen y comiencen a decirte frases de cariño que la mayor parte de las veces no son sensatas.

No saben la cantidad de veces que he escuchado el “te quiero más de lo que crees” y cada día lo creo menos. Cuando, como dicen esas canciones, uno aprenda a ser amigo de si mismo, la relación con los otros puede cambiar.

Mientras tanto no lo sé. Intento descifrar lo que mis contratos amistosos dicen. Eventualmente me aburro o me canso de buscar a personas que no quieren que las encuentres.

jueves, 18 de octubre de 2012

Veintialgo



Reflexioné esto todo el camino hacia el trabajo. Lo hice porque todavía necesito mantener mi mente ocupada en esos trayectos. Pero sobre todo porque después del concierto del fin de semana me percaté de mi cansancio, de mi hartazgo al mundo y también de los muchos años que han pasado.

Lo sostendré: los veintes son ridículos, absurdos y sin sentido alguno. Ahora entiendo cuando aquél primo me dijo a mis diecinueve años algo como “qué bien, no es lo mismo los diecialgo que los veintialgo”. Pensé que exageraba, sólo es dos años más grande que yo. Me equivoqué.

Pesan. Comienzan  a pesar desde el primer año, porque los veinte en realidad son una especie de limbo. Con los diecialgo lo entendías, era divertido sin darte cuenta o al menos, yo no me di cuenta hasta ahora, que esos quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho y diecinueve eran los mejores.

Hoy mientras me duchaba pensé que el siguiente año cumpliría los 23. Y luego recordé la crisis de los veintitrés, la temida crisis que tanto vi con mis amigos. La diferencia entre ellos y yo, es que cuando ellos la vivieron seguían en la escuela y yo ya no estaré en la escuela.

Era fácil distinguir su crisis, identificarla y, a veces, hasta criticarla. No me di cuenta cuándo, ni mucho menos cómo empezó, sólo sé que comienzo a vivirla. Es inevitable y le pasa a dos de cada diez mortales en su vida.

¿Qué son los veintes? Nada. Es como vivir en la nada. La sociedad tiene sus reglas a la que debes alinearte porque tienes que convivir con la gente. En los veintes eres muy joven y muy viejo, depende de las cosas que desees hacer, todos te dirán: “Eres muy joven todavía” o “pues si ya estás muy grande”.

Y lo repito, no importa que tan “razonables” sean tus motivos, los demás siempre te juzgaran y criticaran. Sobre todo en los veintes. Y si no importa si tienes veintiuno o veintinueve. Toda esa etapa es el sin sentido más grande que hay.

Llegan los treinta y se supone que ya después de atravesar por sendas crisis, resentimientos, emociones, tristezas, momentos alegres, desaires, decepciones, ilusiones, sueños, esperanzas, comienzas a ser un adulto consolidado. No es verdad. Hoy por hoy, sólo creo que después de los treinta solamente se resignan y siguen viviendo.

Por debajo de los veinte es fácil y sin embargo, la vida adolescente y la previa a la del joven adulto parece y se siente tan complicada. Los veintes muy joven, los veintes muy viejos, no significan nada. ¿Es la edad donde tienes que equivocarte? Esa es una frase cliché que nos meten en la cabeza para redimirnos a nosotros mismos, el ser humano comete tanto errores que toda etapa debería ser justificada de esa forma.

Sólo sé que me preocupé mucho cuando pensé en mi próximo cumpleaños ya que había prometido salirme de mi casa e independizarme antes de cumplir veintitrés. Y de pronto dije “bueno, otro año más, tal vez no a los veintitrés, tal vez a los… ¡oh no!”.

Habrá que hallar un modo de que no se vengan encima. Por mucho que luzca como una, no, no puedo actuar como adolescente.

lunes, 15 de octubre de 2012

Festival Corona Capital Vol.3




Por dónde comenzar con esto de  la convención anual de hipsters, perdón, del Festival Corona Capital. Creo que ir a dicho festival se convirtió en un hábito, de esos malos que tienes y son, algunas veces, irremediables. Y precisamente fue eso, el hábito, pero más aún, lo descubrí después, la añoranza.

Este año sirvió mucho más para observar las acciones de la desagradable gente que va al festival, no toda, pero un grueso de la entrada se llena de personas, perdón por mi comentario fascista, que deberían ser exterminadas. Realmente fui a pasear, al menos, eso me sucedió el primer día.

Como bien, y muy bien, lo dijo una amiga mía, pudieron haber armado un muy buen cártel con todas las bandas sin ser dos días. Me sigue perturbando sus aires de Coachella de petatiux. Pero se vieron muy soberbios y en su afán aspiracional Coachella-Lolapalooza-Glastonbury, decidieron hacer dos sosos, pero algo rescatables, días.

Honestamente vinieron muchas bandas que no conocía y no tenía ánimo, mi vejez prematura me lo impedía, de conocer. Por tal razón, el día sábado –primer día del festival –llegue tarde. El tiempo es muy valioso como para desperdiciar una hora o poco más de una escuchando a unos monitos que no sabes que tan buenos o malos son. Lo mejor es irse a la segura.

A pesar de eso me tocó escuchar la aberración musical que significa todo lo concerniente a un grupo que se dice llamar Zoé. No tengo más comentarios al respecto.

Tenía mucha curiosidad por ver en vivo a Cat Power, en realidad, quería saber si era cierto que se escondía detrás de la batería. No es del todo cierto, pero la personalidad que tiene su voz y que deja ver en sus muy bonitas fotos es la que quizá le falta a la hora de interpretar en vivo. La verdad no me sorprendió mucho, no la amé, ni la odie; pero me pude haber ahorrado esa hora.

Compruebo una vez más que no tener expectativas es lo mejor que puedes hacer en la vida. No tenía actitud pre concierto. Le pedía a todas las fuerzas de la naturaleza que llegara esa emoción. Incluso llegué a pensar en vender o hasta regalar el boleto del sábado.

Después de Cat Power le siguió Franz Ferdinand. Franz Ferdinand eran de esas bandas que escuchaba en el bachillerato. De esas bandas que veía en cada sticker o pulsera de aquél grupito pretencioso en el bachillerato. Eran de esas bandas que escuchaba en los discman y de las que merecían que le subieras el volumen si pasaban un vídeo de ellos. Finalmente eran eso, el bachillerato, lo que ya pasó.

Gran sorpresa me llevé. Si claro, eran el bachillerato y había olvidado que fue la mejor etapa de mi vida. Sobra decir que con mi no emoción pre concierto, obviamente tenía el cansancio de la vida laboral y los veinte años que me he cargado solita en estos últimos dos meses.

En cuanto salió Franz Ferdinand y escuché Dark in the Matinée, me sucedió lo mismo que con The Rapture el año pasado. Estaba ahí brincando, cantando y quitándome esos veinte años de encima. Era la persona que había sido hace unos cinco años.

Siempre había visto en vídeos cómo la gente ente la multitud brincaba al mismo tiempo, movía los brazos y aplaudía al mismo tiempo. Lo típico y a la vez lo épico de los conciertos. Gracias a mi estatura y la poca resistencia que tengo, sólo me había tocado presenciar en vídeo o de muy lejos eso. Ahora fui parte y realmente lo disfruté. Estoy segura de que si regresan los iría ver sin dudar.

Llegó el domingo y con la emoción de ver a Florence and The Machine. Porque son de esas bandas que has visto millones de veces por Youtube y las mismas que piensas que nunca escucharás en vivo. Porque con esa mujer salen mis momentos y sentimientos más nena que tendré. Y una que otra lágrima y grito de desamor.

El segundo día si llegué temprano. Escuché a un grupo llamado The Big Pink, fueron buenos, pero los grupos de pronto te tienen que impactar, tienen que hacer que muevas los piecitos, que tengas esa canción todo el día y ellos no lo lograron.

Después de escuchar tanta recomendación sobre Alamba Shakes los escuché sin prestarles tanta atención. Es complicado, pero en ese tipo de eventos con las multitudes y a pesar de tener las bocinas al lado o las pantallas, es más fácil que uno deje de prestar atención. Lo que si destaco es la voz de la vocalista, si es impresionante.

Todo el mundo alabó a los Maccabees. Tal vez soy yo y mi amargura, son unos chicos lindos, como las bandas que últimamente salen que tienen nombres parecidos ya todos son The algo o Black algo. Tuvieron una o dos canciones que me hicieron mover el pie y a pesar de salir Florence Welch a cantar con ellos, no fue algo sorprendente para mí.

Irónicamente el grupo que más me gustó, en esa espera por ver a Florence, fue a la que no vi. Como siempre mis problemas de salud se hicieron presentes, si es mental, en serio debo concentrarme en sacar mi alegría o algo así. Comencé a sentir nauseas y decidimos sentarnos. The Drums tocó mientras yo me encontraba como una anciana sentada y esperando a que las náuseas no surtieran un efecto embarazoso.  Y ahora sólo recuerdo esa canción que dice: “let’s go surfing”.

Después de The Drums siguieron Snow Patrol, otra banda esporádica de bachillerato. Snow Patrol es, para mí, lo que Coldplay no pudo conservar. El sonido de Snow Patrol se me hace antiquísimo, entre lo que quiere pegar pero no porque se mantiene en lo clásico. Lo que respeto de ellos, es que hasta ahora, como lo hizo Coldplay o muchas, muchas otras bandas, siguen siendo un poco lo que siempre ha sido Snow Patrol.

Y bueno, aquí viene la parte difícil. Pues si, en este momento muchos estarán enojados ¿cómo es posible que no vi a Suede, a My Morning Jacket, a los Hives –que siempre me parecerán lo mismo- ni a los muy, muy asediados Black Keys? Sobre todas las cosas ¿cómo es posible que no haya visto a New Order?

Evidentemente, nunca he ido a verdaderos festivales. No sé cuáles serían las formas de elegir entre una banda u otra. Soy nueva en esto. Por ahora, lo he decido por corazonadas. ¿A quién sientes que debes ver? Mi corazón de nena me dijo que a Florence and The Machine y me sentía realmente emocionada al respecto.

No me defraudo para nada. Es una mujer esplendida, sabe en serio hacer su trabajo, nos hizo cantar, bailar, brincar y gritar. Se ve, que le gusta su chamba y se vio que lo disfrutó. Lo que me encantó y lo que siempre me gustará es ver la expresión de los músicos cuando no se esperan una reacción. Ver su cara de sorpresa y también de satisfacción fue muy lindo. Pero al final, muy al final, sentí que algo me faltó, quizá una o dos canciones, pero sentí que algo faltó.

Me enteré que New Order tocó Love will tear us apart y Atmosphere. Justo una amiga estaba en el dilema Florence o New Order. Yo le di mi absurda teoría de a quien tu corazón diga, ridículo. Pero quizá a mi corazón o a mi consciencia, o a mi vida no le hubiera caído nada mal escuchar, sobre todo Atmosphere. Otra vez la añoranza.

No es Joy Division, nunca lo será. Ian Curtis, es de esos personajes irremplazables. Si, si nadie es indispensable, al diablo, él si lo es. Aunque quizá y sólo quizá escuchar Atmosphere no hubiera sido lo mejor para mi salud mental.

Al final no fue tan mal, estoy cansada y sorprendida con otro asunto curioso. No sé si se trataba de publicidad. Les digo que por soberbia de hacer dos días de concierto, no se vendieron sus boletos –por cierto, caros, muy caros –había menos gente a comparación de los años anteriores.

El punto es, que había mucho extranjero, no creo que sea un asunto de internacionalización del festival, de verdad que esos aires aspiracionales son muy absurdos. O tal vez, estaban por ahí y decidieron ir, quizá me estoy haciendo otra vez ideas conspiratorias. La cosa es que, sin intención de sonar xenofóbica, era un poco extraño, te hacía pensar ¿dónde diablos estoy?

Sea como sea, no fue el mejor año. No sé si en el futuro mi vejez me permita este tipo de peripecias. Tampoco si mi presupuesto lo permita. Pienso también que a la larga, con mucho esfuerzo y con intención, los malos hábitos se quitan.