viernes, 3 de agosto de 2012

Un día en el Chopo



Tenía dieciséis o tal vez diecisiete. Ella me dio algunas, pocas, indicaciones para sobrevivir. Yo usaba unos jeans claros y rectos, que obviamente me quedaban grandes y tenía que doblarlos. No quería ir con ropa demasiado clara como para ser pasada por una tonta y tampoco quería ir con un atuendo estilo emo, que créanme, vergonzosamente lo tenía.

Sólo tomábamos un camión para llegar al lugar. Antes de adentrarnos a tierras aún desconocidas para mí, ella me dijo: “tienes que tomar todo lo que te den”, le dije que sí y seguimos caminando. Parecía turista en un lugar nuevo, no quería, pero veía a todos los personajes que pasaban junto a nosotras.

Como siempre lo hacía, ella caminaba rápido, mientras yo me rezagaba tomando propaganda, mientras observaba, sin querer, a un dark, mientras veía las cosas que vendían. Llegamos a un puesto donde vendían todo tipo de box set, de cualquier banda que pudiéramos imaginar, sólo las observábamos.

Por esos tiempos, contar con cien pesos en nuestros bolsillos era ser realmente ricas. Ella usaba la mitad de esos cien pesos en comprar pines, posters y artículos parecidos. Yo la acompañaba regularmente y esos sitios, el de los box set y el de vídeos clonados se convirtieron en los favoritos.

Ese primer día en el que llaman con tanto caché tianguis cultural el chopo, fuimos a la casi recién  -por ese entonces- inaugurada biblioteca Vasconcelos. Entramos y, como casi todos los jóvenes ahí, lo hicimos por curiosidad y por encontrar refugio del sol. Ese día recorríamos los enormes estantes, que para ser franca me impresionaron, sólo los estantes.

En ese recorrido por los estantes, me entretuve, al menos yo. De pronto sentí un jaloneo en mi brazo por parte de ella y me dijo: “¡amiga!, ¡amiga!”. Con cara da alguien que no entiende la cosa le dije: "¿Qué?", mientras seguía caminando. Como siempre lo hacía cuando no entendía de lo que hablaba, puso los ojos en blanco y me dijo: “esos chavos decía: amiga, amiga”. "¿Y?", fue mi respuesta, al verlos le dije: “bueno, si están guapos, la verdad”, ella se rió y me contestó: “pues sí, y decían: amiga, amiga”; “¿qué tal que era para ti?” le repliqué. Como era su costumbre, resolvía todo con un comentario épico final: “no, porque yo voltee y seguían gritando, por eso te dije: ¡amiga, amiga!, para que voltearas”.

Regresamos unas cuatro o cinco veces. Hacíamos casi lo mismo, variábamos entre comer unas papas con mucha salsa y si teníamos más presupuesto atascarnos con un pastel de ese lugar tan delicioso. Muchos chistes salieron de esas visitas al Chopo. Ella me decía que no era como antes, que los emos lo habían invadido –ciertamente, no estaba equivocada –pero que ahí encontraba cosas de Muse, cuando quizá no es que fueran menos populares como lo son ahora, más bien aún se manejaban en la escena underground. Tanto que vimos un poster que decía “The Muse”. Recuerdo lo molesta que estaba ella por el “The”.

Estos días, estos meses, deseo como nunca regresar a esos tiempos. Volver a tener dieciséis años o diecisiete. Lucir como adolescente no conlleva que pueda actuar como una. Eso lo he descubierto de una forma extraña.

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