viernes, 24 de agosto de 2012

Las bandas que solíamos amar



Sucede, es como cuando dejas las muñecas o los cochecitos. Una etapa es dejada atrás, un momento, de pronto algo concluye. Con su termino, se terminan muchísimas cosas: deseos, sueños, ilusiones y definitivamente gustos.

A lo largo de nuestra vida creamos símbolos, lo hacemos porque lo necesitamos. Los jóvenes, los buenos jóvenes (no es así, sólo estoy siendo poética) lo hacemos con la música, la convertimos en nuestro símbolo, en nuestra bandera y hasta en nuestra voz.

Así ocurrió en esos años mozos de bachillerato, así ocurrió en los dulces dieciséis. Convertías la música en tu pasión, en tu estilo de vida e irremediablemente a los vocalistas de bandas en un semi dioses, mitad mortal porque cantaban cosas que conocías, mitad dioses porque obviamente eran inalcanzables.

Luego pasa la vida, te arrolla, te controla, te aburre, te fastidia y acaba sofocándote y entonces nada tiene sentido. Nada de lo anterior que regía tu vida tiene sentido. Por más que queramos aferrarnos, hay demasiada debilidad en esas etapas que terminas olvidando la llama que te hacía emocionarte con aquella música.

Y algo pasa, lo dejas, lo olvidas y a veces hasta lo odias. Te parece ridículo. Todo lo que hiciste anteriormente te parece ridículo. Hasta ellos te parecen ridículos. Y entonces se convierten en una cosa ridícula. Es algo extraño pero al menos lo que he visto, todas aquellas bandas a las que amaba, a las que amábamos se convirtieron en algo ridículo. En un sin sentido.

Recordé todo esto después de escuchar ese single de Muse, Madness y me pregunté durante toda la canción dónde había quedado Muse, si se les había olvidado algo o incluso peor, si de hecho, se habían equivocado de banda. Pero aún ahora seguimos aferrándonos porque al menos a mí no me queda nada más qué hacer.

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