viernes, 15 de junio de 2012

Esto no será un cuento



Era invierno. Mi pretensión no es escribir mis memorias. Estaba nevando. No salí durante días. Me alimenté hoy de avena. Hacía frío. Dibujé hombres y mujeres sin rostros en mi pared. Te recordé. Tomé café todo el día. Tuve insomnio. Jaquecas. Salí. Estabas ahí en la delgada nieve. Soñé. Me volví a encerrar. Volví a salir.

Tomé otro sorbo al café y al ponerlo sobre la mesa nuevamente, observé en su interior y revolotearon unas partículas extrañas. Después me concentré en el papel, era blanco, luego fue gris y finalmente negro. Volví a tomar un sorbo. Llevo días encerrado y la nieve sigue en mi ventana. Volví a la hoja en blanco, luego en gris y finalmente en negro.

Descansé aunque a penas y recordaba qué día era o la hora. Mientras dormitaba temblaba, no sé si del frío o de beber tanto café, es que no lo puedo dejar, mi productividad se mide por la cantidad de tazas que bebo. Productividad y oficio son palabras sin algún sentido.

Logré dormir y soñé. Soñé con siluetas largas, tan largas como postes de luz, se agazapaban unas con otras, como en un show de luces negras. Una pequeña niña se aproximó a mí, mientras veía aquellas siluetas y me dio un sobre. Lo abrí pero se encontraba en blanco. Luego volé sobre la oscura ciudad, sobre la fría y oscura ciudad.

El reloj. La mesa. El tic tac del reloj. La débil luz del sol. La mesa desordenada. El lápiz. La taza vacía. El frío. La nieve. La voz. Una voz. Muchas voces. El silencio posterior. El mareo. La jaqueca.

No me duché ¿para qué? Tomé el lápiz. El papel en negro se convirtió en gris y luego en blanco. Tomé otra taza de café. Miré por la ventana y me percaté de que la nieve seguía cayendo. El lápiz de nuevo para volver el negro a gris y del gris al blanco.

Me volví a recostar. Giré sobre la cama durante horas. El sonido me molestó, la voz y las voces continuaban. Luego silencio y pude conciliar el sueño y soñé de nuevo. Estabas tú en un lago congelado en la orilla contraria de donde me encontraba. Te acercaste y me tomaste de la mano, nos deslizamos por la nieve. La nieve se quebró debajo de nosotros, se rompió y caí al agua helada. Escuché el sonido de tu risa y desperté.

El papel en blanco. El bote de basura lleno de negro, gris y blanco. Una mesa. Una ventana. Dos tazas de café. Una pluma. Una pared. El frío. La nieve. La puerta. Encierro.

Salí a tocar la nieve, al tomarla y pasarla entre mis dedos se derretía y un rayo de sol alcanzó mi piel. Caminé algunos metros y en una vieja tienda encontré una gruesa tiza, y dos, y tres gruesas tizas, las compré. Tomé una botella de agua y un pedazo o dos, o tres de comida chatarra. Regresé y antes de entrar me recosté en la nieve y me dormí.
La risa se escuchaba lejos, de pronto volaba, de pronto me hundía. Recordé tus ojos sonrientes, recordé a personas de las que no recuerdo su nombre. Volé y me hundí al mismo tiempo. Sentí frío por dentro. La risa, tu risa, sus risas regresaron.

Entré, mi chaqueta estaba húmeda. La tiza estaba intacta. Ignoré la mesa de trabajo, ignoré el blanco, y el negro e incluso el gris. Ignoré las tazas de café. Miré por la ventana y me senté, cerré los ojos y escuché todas las voces, y ahora las miradas. Miré la pared y tomé la tiza.

Manchas. Tiza. Dos tazas rotas. El negro. El gris. El blanco. El rojo. El azul. El verde. Cuerpos. Personas. La pared. Hombres y mujeres sin rostros en la pared. Tú y yo sin rostros en la pared.

Y por todo esto tengo que pasar cada vez que requiero concentrarme, que necesito terminar algo y hago otra cosa diferente, así es como mi mente trabaja. Cuando quiero hacer algo y termino dibujándonos sin un rostro, en mi pared. Concentración y creatividad ¿qué más quieres saber?

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