sábado, 10 de marzo de 2012

Yo (corazoncito) metro



Durante mis recorridos en el metro veo muchas cosas. Unas son algo… inverosímiles, piensas que eso no puede ocurrir pero las ves, entonces ocurren; otras tantas quisieras que no ocurrieran y otras más dan risa que ocurran. Podría hablar extensamente sobre el tema, contar aquella vez que se le quedó atorada la mochila al sopas (un tipo del bachillerato que me caía mal), o la vez que una señora aventó su zapato para apartar lugar, o la vez que milagrosamente un anciano corrió y hasta cargo su bastón para llegar al asiento; pero ciertamente nunca terminaría.

Hace unas semanas una amiga y yo, en modo de broma, hacíamos la clasificación de los vendedores ambulantes del metro, hay un sinfín de variedad. Los hay vendedores de mercancía pirata, llámese música, libros, accesorios para tecnología, etc. Los hay artistas: músicos, actores o que recitan pasajes de libros. Los hay vendedores de cosas inútiles: artículos de ocio para niño y adulto. Entre muchos otros. Ya regresaré a este tema más adelante.

Tenemos sentimientos agridulces con el metro, es al menos la respuesta de la vox populi, porque adoramos que sea más rápido que el autobús, micro o camión, pero detestamos la cantidad de gente que lo aborda a diario. Por otro lado, creemos ilusamente que el metro es el tren bala de Japón, y cuando se atrasa o se va considerablemente lento por la lluvia, nuestra reacción es de odio al transporte.

Dice mi hermana, que ya ha viajado alrededor del mundo, o al menos ha asomado las narices fuera de territorio telcel, que para mi sorpresa –aun tengo mis dudas –el metro de la Ciudad de México no es el más sucio del mundo. Yo hasta no ver no creer, pero según ella el metro más sucio que ha visto es en el que han filmado miles de películas: el de Nueva York.

Yo tengo mis dudas, porque el viernes me subí al metro, eran las nueve de la mañana. Mi recorrido en metro comenzaba en la estación 18 de marzo. El tren llegó y mujeres a mi alrededor esperaban ansiosas –por decirlo de forma apropiada –abordar el tren. Gracias a mi hábito, logró subir al tren en su mayoría de las veces, cuando me lo propongo. Al adentrarme en el vagón, comienzo a percibir un fuerte olor a condimento, carne, especias, salsa y algo de grasa. Cuando inspecciono a mi alrededor para averiguar de donde provenía, de pronto encuentro el origen: ¡una señora estaba comiendo unos tacos de suadero a las nueve de la mañana en pleno vagón del metro! Me revolvió el estómago horrible, eso y su forma de masticar.

Por su experiencia, me cuenta también, que el metro más confuso, es obviamente el del Distrito Federal. Y en esa afirmación no podría estar más de acuerdo, ya van cinco veces que me pierdo en el estúpido transborde de Pino Suárez, intentando llegar de la línea azul a la rosa. Esto es a causa de que los señalamientos en esta ciudad son de lo más contradictorios, y los del metro no son la excepción. El mayor referente para llegar a tu destino en el metro, sin morir en el intento es, en definitiva, seguir a la gente cual borregos en parcela.

Lo mejor de todo siempre es la tan buena educación de las personas. Por ejemplo, hace tiempo me subí al metro en la terminal Universidad, iba a 18 de marzo que es la penúltima estación de esa línea. A dos estaciones de Universidad se subió una tipa, que ahora que lo pienso se veía algo extraña, se sentó en el lugar reservado para personas discapacitadas. En la siguiente estación se subieron muchas personas, entre ellas dos señoras de edad avanzada y una de ellas con bastón. Una mujer le pidió a la tipa que le cediera el lugar a la señora con bastón. La tipa en cuestión, levantó la cara y le dijo con voz firme: No, y se hizo la dormida.

Yo no daba crédito a lo que había escuchado, cómo se atrevía a decirle eso. Entiendo que hay mujeres que con tal de que les cedan el lugar son capaces de cargar a su hijo de doce años, pero eso era inaudito, era evidente que la señora lo necesitaba y estaba en el derecho de reclamarlo. Además de eso la facilidad con la que le dijo que no me sorprendió. Me levanté y le cedí mi lugar a la señora, pero no podía creerlo. Son de ese tipo de cosas que no quisieras ver en el metro.

Y mi móvil para crear esta entrada, fue justamente de esas cosas que no me gusta ver en el metro, además de la gente desgraciada y mal educada, y además de los indígenas y personas lisiadas pidiendo limosa. Algo que por lo menos a mi me da más escalofríos es ver a niños vendiendo en el metro. En serio es una situación que cada día se me hace más insoportable cuando viajo en el transporte.

Por eso les decía que regresaría al tema de los vendedores ambulantes, que sospechamos checan igual que los trabajadores oficiales del metro. Una cosa es que tengas que aguantar el escandalo y los gritos –que más bien parecen chillidos –de los vendedores. Pero ver a niños de ocho a trece años vendiendo como lo hacen sus padres, se me hace espantoso, me dan ganas de decirles “¿Qué demonios haces aquí deberías estar en la escuela?”.

Ver hoy a dos niñas vendiendo, haciendo el mismo tono de voz de sus padres, hermanas o qué se yo, me recordó mucho a cuando fui a la ciudad de los niños. Siempre quise ir a la ciudad de los niños, cuando fui ya era muy grande para disfrutarlo, pero ahora me parece una atrocidad. Hacer que los niños ganen su dinero y se dediquen a oficios de grandes no me parece una orientación vocacional, me parece que les otorgan roles que aún no les corresponden.

Me recordó eso porque era un mini mundo, pasaba la madre de la niña vendiendo libros para colorear y enseguida le tocaba el turno a la niña vendiendo chicles, era como una representación de lo que veía en la ciudad de los niños, con la enorme diferencia de que esa niña estaba viviendo el mundo real y eso me dio mucha tristeza.

En fin hay tantas cosas del metro que me disgustan, y otras que no lo hacen, como el hecho de atravesar la ciudad de norte a sur en veinte minutos, pero si continuara escribiendo quizá no terminaría, así que hasta aquí lo dejo, no sin antes decir que en serio si me indigna mucho esa situación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario