martes, 7 de febrero de 2012

Caminos



A veces creo que jamás voy a regresar a la casa. Me sucede frecuentemente en mis largos, largos recorridos de un lugar a otro. Muchos me han dicho, hasta extranjeros, que estoy completamente demente por recorrer las distancias que recorro. Pues realmente si estoy demente, pero no creo que sea directamente proporcional a mis recorridos. Se requiere de mucha paciencia, créanme de mucha.

Hoy fue casi imposible llegar a tiempo a la escuela, hice dos horas y media, sí, dos horas y media de camino. Cuando subí a los andenes en la estación 18 de marzo y vi que con toda seguridad tendría que esperar por lo menos cinco trenes para subir, y cuando lo logrará sería seriamente asfixiada, desistí. No es que sea muy nena, pero cuando el metro llega así descubro que puedo tener interacción muy cercana con gente desconocida, da miedo.

Y empezó la travesía. Caminé el trasborde de 18 de marzo (línea verde) al Rosario (línea roja), de ahí hice otro trasborde dirección Barranca del Muerto (línea naranja) para finalmente en Tacuba hacer el trasborde dirección Taxqueña (línea azul). Tiene todo el sentido del mundo que me marque mi hermana y me diga “oye es que no sirve el GPS de mi celular, cómo llego al metro allende”.

Aún me faltan muchas rutas por descubrir. Y sí admito ser de esas personas enfermitas que se han subido al metro a recorrer línea tras línea simplemente por que sí. No tengo la menor idea de cómo sucedió, supongo, las circunstancias me llevaron a eso. Si mi yo de quince años se viera a los veintiuno, no lo creería. A esa edad necesitaba instrucciones cinco veces para llegar a la tiendita de la esquina.

Algo que, quizá ya haya mencionado antes: los caminos largos sirven para algunas cosas, por ejemplo, leer tarea, leer un libro por gusto, leer un libro por obligación, escuchar música y la peor: pensar. ¡Rayos! Porque no dormir y ya. No, no eso del camino siempre da mucho, mucho en que pensar. Muchas veces no deja nada positivo pero hoy recordé algo.

De pronto con eso de la impresión de mi misma por el hecho de conocer de algún modo esta caótica ciudad. Recordé mis tiempos de bachillerato, todo era desconocido, inocente de algún modo y mucho más fácil. Las amistades, los trabajos, las tareas, la escuela, las relaciones familiares y sí, hasta los amores y enamoramientos. Eso me llevo a recorrer muchas caras mentalmente. Y caí en cuenta de una anécdota extrañísima.

Hace, serán unos dos años, fui al concierto de Coldplay, hacía aquellas pubertadas de irme a formar mil horas antes, inútilmente debo agregar. Platicaba con uno de mis amigos, esperábamos formados para entrar al acceso de General A en el Foro Sol. De pronto veo a un tipo alto, moreno, chino, muy chino de esos con cabello de micrófono. Me vio y yo lo vi, nos reconocimos.

Él se acerca y me saluda de beso y toda la cosa –le falto abrazarme – me dice: “Hola, ¿cómo estás? ¿lista para el concierto?”, yo lo saludo y contesto: “Bien, pues si ya lista”. Él continua la “charla” diciendo: “y qué onda… ¿estás en general A?” a lo que respondo afirmativamente y hago lo propio preguntado: “¿y tú?”, el hombre dice decepcionado: “no pues general B, uno que es jodido, pero bueno me voy para formarme y alcanzar buen lugar, pásala chido”; yo sonrió y le digo: “gracias, igual”. Finalmente el hombre me dice “oye… ¿y de dónde te conozco?”.

Muy bizarro, y sí, si lo conocía no crean que por hacérmelas de muy sociable hablo con cualquier persona. De hecho mi amigo comenzó a reírse cuando el hombrecito dijo eso, después claro de burlarse de mí un rato.

Entonces mal sentada en el asiento de un autobús, recordé aquello. No han pasado tantos años, pero siento que fue hace milenios de eso, y ni decir de cuándo conocí a ese hombre, han pasado siglos. Por lo que mi reacción al recordar fue sonreír mientras sentía una mirada de la persona sentada al lado de mi.  

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