miércoles, 22 de febrero de 2012

Anécdotas uno y dos



Hoy volví a los días donde caminaba sin sentido y sin rumbo alguno por las calles. Me hace sentir bien, al menos puedo pensar mejor algunas cosas que me aturden. Lo hago sola porque creo que es importante, cómo si la mayoría de mi vida esa soledad no hubiera sido importante. Y hoy tengo dos anécdotas que compartir. Sin un motivo en especial.

Anécdota 1

La recordé mientras pasaba por lo que antes, mucho, mucho antes fue un río. Ahora sólo son aguas negras y casi ya no lo son. Recordaba cuando pasábamos por ahí todos los días para que yo llegará a la primaria. Hacía de recorrido quince minutos, veinte o veinticinco si había tráfico.

Ese día –no recuerdo la fecha exacta –mi mamá y yo íbamos en el automóvil. Se nos hizo un poco tarde y había mucho tráfico. Pasamos por ese río que en ese entonces estaba casi lleno de aguas negras. Vimos pasar a una mujer con su hija, por el uniforme de la niña, iba en la misma primaria que yo. Se puso el rojo en el semáforo.

Mi mamá abrió la puerta del copiloto –yo iba en los asientos traseros –le dijo a la mujer que se subiera, que la llevaría hasta la escuela. La mujer desconfió un minuto y luego abrió la puerta trasera, subió a su hija para posteriormente subirse en el asiento del copiloto. El semáforo se puso en verde.

Se me hizo rarísimo, fue un momento muy bizarro. De hecho también se me hizo muy incómodo. No conocíamos a la señora, tampoco a la niña y mi mamá de la nada las subía muy normal al auto y las llevaba hasta la escuela. Cuando llegamos, la señora y su hija se bajaron y la señora agradeció a mi mamá.

Yo me bajé muy extrañada, creo que también sentía un poco de molestia, porque ni siquiera me dio una explicación de por qué había hecho algo tan raro. Mi mamá se bajo, se despidió de mi en la puerta como si nada y se fue. Ahora lo entiendo y lo admiro: mi mamá jamás daba explicaciones para nada que hiciera. No le importaba lo qué pensaran o dijeran, lo hacía y punto. Como quisiera que esa cualidad también se pudiera heredar, entre muchas otras cosas que mi mamá tenía.

Anécdota 2

Al subir al camión que me llevaría al metro, me percaté que también lo había abordado un tipo que fue compañero mío en la secundaria. No sé si él me reconoció, lo dudo, soy de esas personas que no se quedan en la memoria colectiva del resto de la población y la verdad lo agradezco. Al principio me dio risa y luego sentí algo amargo.

El tipo en cuestión es hijo de una profesora que me impartió la tan bonita materia de “Formación Cívica y Ética” en la secundaria. Era algo estricta, a mi jamás me regaño, porque yo era muy ñoña y algo teta. Sobre todo se tomaba muy enserio ese papel de profesora de civismo y ética.

Siempre he pensando que ha de ser muy complicado ser hijo de un profesor. Aunque no se quiera, se les exige mucho más, por ejemplo, cuando yo iba en la secundaria, en mi generación había dos hijos de profesores, ambos compañeros de escolta –si, fui en la escolta –y uno de ellos el que me encontré en el camión.

Mientras recordaba lo anterior tenía en la mente también, el hecho de que antes de cumplir los dieciocho años, el hombre embarazó a una chica y tuvo que dejar la escuela por un tiempo. Todo el mundo se enteró. Para colmo vive cerca de mi casa. Y cuando me enteré quizá y sólo quizá me burlé un poco, porque  el tipo era muy sangrón en la secundaria.

Cuando lo vi en el camión, recordé cómo había dicho una sarta de injurias ante su estupidez de embarazar a la novia, y agradecí estar en la universidad. En aquél tiempo, recién había ingresado a la universidad y me sentía la nueva maravilla. Iba a regresar a criticarlo cuando vi que estaba leyendo unas copias y su mochila era muy escolar. Me puse seria, quizá no eran de la escuela o quizá si, y en tal caso, bien, él comenzaba a estudiar.

Quizá si, acabaría tres años después que yo, cuando a mi me faltaban seis meses para terminar “la carrera”. Después lo pensé bien, y me reservé todas las criticas mentales que pudieran surgir e incluso me arrepentí de las que hice en el pasado. Si él supiera mi situación actual, pensé, quien se burlaría y criticaría sería otra persona. Así son las grandes ironías de la vida.

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