lunes, 5 de diciembre de 2011

Too much información


Hace bastante tiempo leí una columna de un personaje importante, su nombre: Olallo Rubio, no recuerdo con exactitud el nombre de la columna, pero recuerdo que me dejó marcada de algún modo por su planteamiento. Él decía que había dejado de ver, leer y escuchar noticias por una semana, durante esa semana descubrió que su nivel de estrés y angustia había disminuido, por lo tanto consideraba una buena idea dejar de informarse como parte de la salud mental de uno.

Creí en ese momento que era una buena idea, vivir en el estrés de la vida personal y de las actividades cotidianas era demasiado como para aumentar el estrés y la angustia de la vida colectiva, de la vida en sociedad. Ahora lo pienso, y creo que es una reverenda tontería, bajo nuestro contexto, bajo nuestra realidad, cómo podríamos atrevernos a darnos la vuelta así como así.

Gracias al tema que mi equipo y yo escogimos como tesina, me he estado adentrando a textos, en los que para ser honesta, si no hubiera sido por esto, jamás hubiera leído. Desde que leí esa crónica de Juan Villoro, me dejó marcada, la verdad, me aterró, tanto o más que al ver la película de El Infierno. Recuerdo que ese día, me rehusaba a verla, y a decir verdad, no sé qué me aterraba más, lo que veía en la pantalla y que sabía que no era ficción o que la gente alrededor de mi reía descontroladamente. Ese día no dormí bien.

Mientras leía un libro titulado Nuestra aparente rendición, cuya finalidad era reunir una serie de crónicas, escritos, poemas de distintos escritores a consecuencia del asesinato de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas, leía y leía, y leía atrocidad, tras atrocidad. Iba en el camino leyéndolo, y a ratos miraba a la gente absorta en sus propios pensamientos y yo me preguntaba “¿lo sabrán?”

Mientras leía más crónicas sobre la prostitución infantil en Acapulco, sobre las muertas de Juárez, sobre los niños sicarios en Michoacán, sobre los migrantes Salvadoreños atravesando el país para huir de la Mara Salvatrucha, me cuestionaba a mi misma, mientras un nudo en la garganta se me hacía, si llegaría al final del libro, si no llegaría un punto en el cual lloraría desconsoladamente. Sí, definitivamente leía demasiada violencia, demasiado odio, demasiada pobreza, demasiada desesperanza, demasiado dolor.

Podría ser muy fácil para mí, hacer lo que Olallo Rubio propuso, simplemente cerrar el libro y no mirarlo nunca más, simplemente apagar la televisión, apagar la radio, pero eso ¿de qué serviría? No, no serviría de nada, cerrar los ojos, taparse los oídos y callar no sirve de nada. Yo al menos, no puedo dejarme arrastrar por las engañosas garras de la ignorancia.

El fin de semana que acaba de pasar, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el candidato a la presidencia de la república por parte del Partido Revolucionario Institucional, Enrique Peña Nieto, cometió un error estúpido al cuestionarle cuáles eran los tres libros que habían marcado su vida personal y política. Como ya todo el mundo tiene conocimiento, mencionó La silla del águila, que fue escrita por Carlos Fuentes y él señor candidato declaró que había sido escrita por Enrique Krauze. Al final no pudo mencionar tres libros, algo muy absurdo, pues en el marco de la FIL, era un poco obvio que alguna pregunta de esa índole iba a ser expuesta.

Después por curiosidad y sí también por morbo el mal de todos los males quizá, me metí al perfil de Facebook de Peña Nieto, obviamente había comentarios sobre lo acontecido. Me pareció increíble que hubieran personas que lo defendían con patéticas excusas como “no tiene que ser un literato”; “a cualquiera le puede pasar”; “ya se verá en las urnas”; “igual va a ganar”. Yo realmente me sentía ofendida, porque esas personas no le daban la importancia que merecía, y ninguna excusa era válida.

Parafraseo un comentario que leí, decía que era muy importante que un candidato supiera cultura, supiera leer, porque a base de eso el país podía tener una oportunidad. Claro, nadie, a nadie le importaba si un candidato o presidente leía unas cuantas novelas, dónde queda la cultura en nuestro país, por consiguiente qué importancia le daría a la educación. La educación, parte esencial para nuestro desarrollo.

Luego había comentarios de una chica, comentarios bastante burdos para defender a “su” candidato. Quien le respondía a esta chica, le cuestionaba si no sabía todas las injusticias, los negocios sucios, la corrupción, la impunidad gestada a través de años por el gobierno priista, si no sabía lo que había ocurrido en el año 68 bajo un gobierno priista. La chica contestó “yo todavía no existía en el 68”. Me llenó aún más de indignación. Bien se dice que “quien no conoce su historia esta condenado a repetirla”.

La población es así, SOMOS, así. La cotidianidad, la rutina, pero también nuestro sistema político, económico, social; los duopolios televisivos, nuestra apatía, nuestras malas costumbres, nos lleva a un estado total de enajenación. Poco o nada nos interesan los demás. Hace poco en la actividad que Amnistía Internacional hizo en defensa de los migrantes centroamericanos, pedíamos firmas para que la PGR realizara las investigaciones y existiera una base de datos acerca de los asesinatos de migrantes que pasaban por México. Hubo personas que tajantemente nos decían “no”.

Es por eso, que no puedo, no puedo dejar simplemente dejar de leer el libro y seguir en mi cotidianidad. Muchos me hacen burla, y dicen que es típico que empiece con los debrayes y la paranoia, que es clásico de la carrera que estudio pensar que todo es cortina de humo, como cuando hablábamos de la muy sospechosa muerte de Blake Mora, en el país en el que vivimos, con las cosas que no queremos leer ¿no es válido, no en paranoia, más bien en buscar todas las posibilidades?

Quiero dejar claro algo, la gente no es pendeja, es ignorante, son cosas distintas. La ignorancia es ignorar, valga la redundancia, un momento, una situación, desconocer la totalidad del panorama. Que sí, personalmente pienso que la ignorancia trae catástrofes e invariablemente la estupidez, sí, en algún punto sí. Y si podemos ser estúpidos, hay en nosotros una lógica, a veces retorcida donde como dicen vulgarmente “no, no me haces pendejo”.

Por ignorancia, nuestra población piensa que todos son hechos aislados, que el narcotráfico no tiene nada que ver con los secuestros; que los secuestros no tienen nada que ver con la pederastia; que la pederastia no tiene nada que ver con los migrantes; que los migrantes no tienen nada que ver con las crisis; que las crisis no tienen nada que ver con el funcionario asesinado.

Hace un tiempo, mi papá me comentaba que quería ir a Michoacán, la familia de mi abuela es de allá, y yo le decía que no fuera, que a mi me daba terror. Él me contestó algo así como: “Eso dicen para que nos de miedo, si nosotros nos dejamos intimidar pues qué vamos a hacer”. Pensé, debo confesar, que mi papá era muy ignorante por decirme eso, pensaba “¿qué rayos no sabe lo que sucede?”, pero en algún punto tiene razón. No en la parte de que eso nos dicen para asustarnos, el momento que vivimos es tal, que poco importa si eres barrendero como si fueres un dealer; pero si, en la parte de que vivir en el miedo tampoco nos llevará a nada.

No puedo dejarme llevar por la ignorancia, no puedo cerrar los ojos, lo leo todos los días, aquí, allá, en todo el mundo. Me preguntó no sólo qué pasa con Cd. Juárez; con Michoacán que tantos  recuerdos buenos y malos guardo de mi infancia; con Chiapas; con Veracruz; con Acapulco, con México, me preguntó qué pasa con el mundo, pero sobre todo qué pasa con la humanidad.

Un pensamiento me asalta en las noches, mientras me encuentro debajo de las sábanas, lo ha hecho durante algunas semanas, lo hizo en un tiempo más atrás cuando observaba, pensaba: “ahora, en este momento, mientras yo duermo ¿qué pasará allá fuera? ¿a quién están secuestrando? ¿a quién están asaltando? ¿cuántas personas cruzaran la frontera? ¿a quién están asesinando? ¿cuánto dinero están robando?”

Y yo me preguntó ¿qué vamos a hacer? ¿hasta cuándo va a parar esto? ¿hasta qué página del libro gritaré: ¡Ya basta!?

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