viernes, 9 de diciembre de 2011

Con las personas no hay sorpresas



Hoy después de un muy buen día, descubrí algo triste. Es feo eso, cuando un día te va relativamente bien, te diviertes, te despiertas de buen humor, tu día comienza a marchar tranquilo, el sol brilla en lo alto, con ciertos toques de incertidumbre aventurera pero te va bien y llega algo que, no, no acaba con todo eso, pero que hace que suspires profundo al final del día.

Descubrí que con las personas no hay sorpresas, sobre todo cuando las conoces tan bien. Cuando has convivido con ellas mucho tiempo, sabes cómo reaccionarán, hasta quizá cómo actúan y como lo sabes, también sabes qué esperar de ellas.

Qué quiero decir. Quiero decir que sabes cómo es tu hermano, tu hermana, tus padres, tus amigos, y sabes con qué cuentas, qué clase de cosas harían o no por ti; qué así son actúan como actúan. Por lo general, es inevitable, esperamos mucho de las otras personas y acabamos decepcionados o ser los que decepcionemos. De pronto piensas “ah, ya ni le digo nada a fulano de tal, porque sé que me va a decir esto”, pero en otro momento cambian, piensas que será diferente pero no vuelven a ser como habitualmente los conocías.

No hay sorpresas, por eso da temor conocer tan bien a la gente o conocerla, porque a veces ya no sabemos qué tan bien las conocemos, piensas que son de una forma y luego… no, no eran así. Y con todo y eso sigue sin ser una sorpresa, las personas especialmente raras me agradan, con ellos quizá tampoco haya gran sorpresa pero ese espíritu misterioso da algo especial.

Hoy me pasó con dos personas: mi padre y un amigo. Con mi papá fue así de “oh tal vez pueda pedirle un pequeño favor, últimamente es amable” y no, recordé que no puedo pedir favores a mi papá y con mi amigo fue “oh, tal vez hoy sea amable y podamos sostener una conversación amistosa” y no, recordé que él es así de pronto habla, de pronto no, de pronto hay interés, de pronto no.

Así son las personas, la verdad siempre sabe uno a lo que se atiene con ellos. A veces es por eso que uno prefiere la soledad.

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