martes, 27 de diciembre de 2011

Esto fue lo que dejo el 2011


Como ya casi una tradición y como no he visto absolutamente nada de recuentos este año; lo cual me hace pensar que en serio este año fue muy raro. Sin más preámbulos comencemos la recapitulación de este año. Sí, aunque me rehusé y para seguir la tradición que comencé hace un año, será por trimestres, no escolares, pero así es más fácil que uno se acuerde de las cosas.

Enero-Febrero-Marzo

El año comenzó con muchas expectativas. Debo confesar que hasta ese momento las mantuve e incluso las quería. Inevitable es, no hablar de la escuela, ya que hasta esas fechas era mi única actividad. Sí, había llegado el trimestre de cine. Después de tantas peripecias vividas el año anterior con aquél cierre de fin de año, mi única esperanza era que cada vez se acercaba el final. La realidad es que en esos tres meses no ocurrió nada sorprendente, mi actitud era tan mala que en realidad mi filosofía era no hacer mucho. Pasaron cosas extrañas esos meses, yo me sentía extraña, la gente fue extraña.

Acabo ese trimestre, me di cuenta que eso de trabajar con los amigos a veces no deja muchas cosas positivas. Hasta ese momento entendí lo que se me dijo cuando entré a la escuela. Lo más temprano que podía salir era a las cinco, quizá, y que nunca hay un limite para salir tarde de la escuela.

Abril-Mayo-Junio

Salí de vacaciones, después de una especie de relajamiento en el ámbito escolar. Mi hermana regreso de Cancún para el magno evento de las quince primaveras de una sobrina. Olvidaba aquellos rituales de las fiestas de quince años desde que mi prima tuvo la suya. De hecho nunca asistí a los quince años de mis compañeras de secundaria, como es costumbre.

Si, fue en estos meses donde decidí por segunda vez cerrar este blog, razones me sobraban y aún me siguen sobrando, pero imagino que aún tengo algo de ambición y que mis amigos y familiares siguen insistiendo en aquello de que vale la pena lo que escribo. Sigo dudando de esas afirmaciones.

Lo que rescato de ese trimestre del año, fue el concierto de Two Door Cinema Club que tanto disfrute, uno necesita de esos impulsos, de esa adrenalina y emoción para darse un respiro, para saber que existen muchas más cosas que la rutina diaria. Después de eso y antes de los quince años, me corte el cabello, cortito, cortito, además de estar harta del cabello largo, pensé que era una especie de catarsis, funcionó hasta cierto punto.

De nuevo entré a la escuela, de nuevo permuté y lo hice para tomar clases con una de las peores personas que he conocido. Mayo fue un mes agitado, además por supuesto de la escuela, decidí hacer algo que deseaba hacer desde hace mucho tiempo, cuando era mucho más diferente de cómo soy ahora. Así comencé mi voluntariado en Amnistía Internacional.

Ahora que lo escribo, me doy cuenta que fue este año, y hasta este punto siento que llevo ahí años, y afortunadamente la gente a la que conocí me hizo sentir así, como si los conociera de años. Me gustó y me gustó haberlo hecho.

Llegó mi cumpleaños en junio también, fue muy distinto; pero siempre lo va a ser. Me levanté, fui a la escuela, algo de estrés por qué no, fui a Amnistía, vi una película, nada como bombo y platillo, eso me agrado. Las cosas en mi vida escolar comenzaban a empeorar, y no se diga en la vida personal.

Julio-Agosto-Septiembre

La escuela se tornaba más complicada, más pesada, más un fastidio. Y lo hice, lo que siempre hago, estirar, estirar, estirar hasta reventar, mi siempre constante problema, así que la consecuencia fue mi terrible enfermedad que también cambio mi vida y mis hábitos alimenticios, me sentí aliviada al terminar esa etapa. Decisiones llegaron, y a pesar de un conflicto interno profesional y también sentimental, decidí elegir lo más honesto conmigo misma.

En julio murió una de las personas que más me inspiraban, mi extraordinaria Amy Winehouse, justo en un momento donde recapitulaba cosas de mi vida, justo en un momento donde recordaba pasajes de mi vida. Ese tipo de ausencias se extrañan, pero dejan algo y eso se queda. Espero me suceda lo mismo algún día.

Mi incapacidad estomacal acarreó varios conflictos algo burdos pero que me hicieron pensar. Fue en agosto donde regresé a mis labores en Amnistía que había dejado por mucho tiempo gracias a mis obligaciones escolares. Fueron vacaciones diferentes, fueron vacaciones en realidad. También fue en agosto cuando mi papá se casó y cambiaron muchas cosas.

Septiembre paso tranquilo y relajado, sin muchas expectativas, de hecho ya con ninguna. Entré de nuevo a la escuela, en esa “nueva etapa” de la carrera.

Octubre-Noviembre-Diciembre

En octubre asistí de nuevo a la segunda edición del Corona Capital, fue mucho mejor que el año anterior, primero porque esta vez no tuve un encuentro cercano con la muerte, y segundo porque ayudó en gran medida a mi ejercicio de meses anteriores de recordar las cosas que eran buenas, aunque al final no sé que tanto me ayudó o me perjudico eso. Ver, cantar y bailar a The Rapture y los Strokes me hace sonreír.

Es en estos meses donde la escuela ya no se convierte en mi principal tema de conversación, eso me agrado, a pesar de mi problema de prioridades, sé cuales son las responsabilidades de uno. Por esa parte fue tranquilo, mi estomago lo agradeció, agradeció dejar ese estira, estira, aunque me di cuenta que hay otras cosas además de la escuela que también me enferman.

La casa cambió, mi vida cambió, mis amigos cambiaron, mi familia cambió, yo cambié en algo que aún no logro descubrir.

Mi hermana regresó definitivamente de Cancún, otra de ellas se mudo de casa, sin duda estos últimos meses fueron intensos.

Fue un año extraño, me doy cuenta que sucedieron pocas cosas, pero las que sucedieron, vaya que sucedieron. Esto no termina, los años no terminan con algo en nuestras vidas, somos un espiral continuo de acontecimientos, o bueno pertenecemos a él. ¿Algo acaba con el año que no sea el año? Al menos en mi caso continuo con algunas actividades este año y el que viene.

Este año también cumplió un año este blog y me parece increíble la cantidad de cosas que he escrito, y como soy la única que me leo –bueno no, ya sé, pero si la que lo hace constantemente para autocriticarme –me he dado cuenta de cómo han cambiado las cosas que escribo y como soy realmente, y brutalmente predecible. Como un libro abierto.

¿Qué espero de 2012? Que se acabe el mundo, no lo creo. No espero nada, salvo a Radiohead ¿será que llegaré a verlos? será que ocurran cosas, o que en serio llegue el fin de otras. Nada espero, salvo poder levantarme mañana sin sentir como que exprimí un limón como dice Radiohead

domingo, 25 de diciembre de 2011

After Christmas



Dicen que la distancia hace que uno vea más claras las cosas. Hasta hace relativamente poco yo creía en ese dicho; pero ahora no sé si es del todo cierto. Uno necesita estar en la mayor disposición en muchos ámbitos para que eso suceda, y a veces no, pero sucedía, de pronto esa distancia hacía cosas mágicas.

Me aleje un tiempo de esta ciudad, no muy lejos, pero pensé que logaría pensar y despejar mi mente. No sucedió y al contrario, era muy raro. El frío, la soledad, el vacío, el espacio, la gente, el fuego, el calor, la comodidad, la incomunicación, la comunicación, todo fue raro, en realidad creo que no tuve la disposición o nunca me alejé.

Entendí, no, más bien reafirme aquello de que la única familia a la que eliges son a tus amigos, es verdad. Pienso que eso de convertirla en tu familia es un error, tus amigos nunca serán tu familia, tendrías que pelearte con ellos también, y cometer ese error, insisto, llamarlos “míos” es algo grave. De hecho llamar a cualquier cosa o peor aún, persona, como “mía” es muy grave.

Uno no escoge a su familia, se te dice que los tienes que amar, respetar y esas cosas, y tienes que otorgarles cariño a personas que son tan diferentes a ti. El tiempo nos enseña a quererlos, a aprender, a veces, de ellos. Pero a veces uno no tiene que refugiarse en la familia, a veces no son el mejor refugio.

Se pasan las noches de navidad en compañía de familias, porque así dicen que tiene que ser, porque así es como debe ser, realmente ¿así es como debe ser?

Hoy mi refugio es un pequeño espacio de la ciudad, un árbol o una banca, el frío y ese suéter mientras un nudo en la garganta contenido me embarga, mientras observo pasar a muchas personas que quizá no volveré a ver jamás.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Lecciones que nunca aprendí



Ayer vi algunas fotos aleatorias. Encontré una muy linda que es la que miran en este momento o en algún momento lo hicieron. Recordé que tengo una cámara así y también recordé la primera vez que tome una cámara así.

Mi papá tenía una cámara así, la verdad no recuerdo la marca, tenía nombre oriental, aún no soy lo suficiente hipster para aprenderme las marcas y los modelos de las cámaras. Pero a mi papá le fascinan esas cámaras. Un día quise usarla y como no era de aquellas que sólo le apretabas el botoncito y ya –como todo el mundo tenía y que mi papá se rehusaba a comprar y utilizar –le exigí que me enseñara de menos a disque enfocar ese aparatejo.

Cuando disque aprendí a hacer eso, no solté la cámara y una vez que entré a la carrera, la cosa que más me emocionaba era la fotografía. Acabe realmente decepcionada y también me di cuenta que en realidad nunca aprendí esas mini lecciones de cómo enfocar en la cámara que mi padre con tanto esfuerzo me enseñó.

Fue como recordé que soy así. Me enseñan cosas que en apariencia aprendo pero luego me doy cuenta que nunca aprendí. Desde esa cosa tan sencilla de aprender a recoger tu cuarto, pasando por las matemáticas, los cursos de redacción, las lecciones de cómo usar esos aparatos horribles “comunicativos”, hasta las grandes lecciones de la vida.

Nunca aprendí que debes ser agradecido con todo lo que se te presenta sin quejarte, ya que todas son oportunidades; nunca aprendí a que las cosas que siempre llamamos como “nuestras” nunca son nuestras, ni nuestros padres, ni nuestras hermanas o hermanos, ni mucho menos nuestros amigos; nunca aprendí a ser ordenada y nunca aprendí esa canción que me costó tanto trabajo.

Ahora pienso, cuando veo el título de mi entrada “no sé leer” que quizá también, nunca aprendí a leer y a escribir. Para qué existen las lecciones si nunca se aprenden. A veces me pasa que tomo una decisión, decido por ejemplo, ir a esa reunión, a esa fiesta, a esa clase, a ese lugar, cuando todo me decía que no fuera –mi superstición es grande y también las señales o intuiciones a las que uno reglamentariamente debería hacer caso –vas a aquél sitio, a esa clase, a esa fiesta, a esa reunión y es un desastre. Otro día, la misma situación… vas, nunca aprendes.

Sólo espero que llegue algún día donde mi capacidad de retención o en general mi capacidad me permita por una vez aprender la lección. 

sábado, 17 de diciembre de 2011

Regalos y autoestima



Ya lo mencioné, y quizá no me cansé nunca de decirlo, en serio detesto la navidad, en serio detesto las calles en esta época, en serio detesto a la gente y su consumismo desmedido en esta época, en serio no soporto ver a gente con miles de bolsas de tiendas departamentales, en algún punto, me enferma.

Hoy acompañé a mi hermana a comprar los regalos de navidad, el tiempo con la familia en este caso con mi hermana tiene que valer la pena para exponerme a un lugar público y con el magnífico plus de ser fiestas decembrinas y que las personas se vuelven locas con esto de la navidad.

Aún se me hace absurdo que una bolsa de mano cueste 3,400 pesos, o que unos aretes que puedo hacer yo cuesten 1,200. He estado pensando que, si lo admito a mi parte femenina le gusta comprar cosas, pero tal vez nunca llegué a ser burguesa. Eso me alegra.

Hoy leí otra entrada de mi blogger favorito –esta frase se escucha completamente stalker –en fin, decía que tal vez dejaría de escribir por un buen rato, de hecho si soy una stalker, porque visitaba su blog cotidianamente en espera de una nueva entrada. Me entristeció la noticia.

Escribe muy bien, tiene muchos seguidores. Si él que lo hace bien y la prueba es que tiene tantos seguidores y le comentan… no sé qué le espera a este pobre blog, que ni es bueno, ni tiene tantos seguidores –todos ellos amigos míos, insisten en ayudarme a mejorar mi autoestima –y que tampoco tiene comentarios. El futuro es impredecible.

Acabo de ver Misery, y ridículamente pensé que sería buena idea que alguien me secuestrara y me obligara a escribir algo realmente bueno, como lo que le pasó a Paul Sheldon. Eso no pasará, no el deseo del secuestro, más bien escribir algo bueno. Aquello de la autoestima… me gusta escribir, simplemente lo hago, no es algo a lo que me quiera dedicar, de hecho, ahora comprendí que realmente aún no sé qué es lo que quiero.

Sólo sé que en vísperas de navidad, año nuevo y fin de carrera sólo tengo claro que debo practicar más inglés y que con seguridad, seguiré aprendiendo cosas inútiles para mi vida profesional, porque siendo honesta la vida de pseudo estudiante es muy cómoda.


lunes, 12 de diciembre de 2011

Encuentros cercanos del tercer tipo



Hoy fue uno de esos días en donde la cama te escupe, donde tienes muchísimo sueño y al principio te rehúsas a levantarte, pero en cuanto uno de tus ojos se entreabre sabes que abres en realidad la puerta a las cosas qué hacer, decir y pensar en el día, por lo tanto, despiertas.

El día va normal dentro de lo que cabe. El incidente aquél navideño y las adoraciones a los santos y demás fetiches te aburre, te fastidia, sobre todo cuando encuentras los bancos cerrados. Ajá. Como si toda la ciudad fuera creyente y tal evento mereciera que nuestras actividades se paralicen. Error.

Cruzas la calle y lo ves a lo lejos, no lo distingues muy bien. Él te mira tampoco te distingue bien. Oh sí, lo sabes, sabes que es él. Oh sí, él sabe que eres tú. Muy diferentes, tantos años recorridos, te conoció cuando tu inocencia estaba en un punto casi terminado. Lo odiaste, quizá él no lo hizo pero disfrutaba verte sufrir. Oh sí, te encuentras con tu antiguo profesor de física en la secundaria.

De la Vega, y sin albur aunque bien podría quedar con el sentimiento que emanaba de mí cuando lo topaba, fue uno de los profesores más estrictos que tuve, para ser honesta le temía y lo odié en un periodo largo de tiempo. Mi rencor hizo que su presencia no  fuera de mi agrado. El colmo, vive casi al lado mío.

Me lo encontré veces anteriores a estas, cuando iba en tercero de secundaria –él en ese tiempo, se había salido de la secundaria donde yo iba –y unas dos veces en el bachillerato, donde por cierto, no dejo de sermonear por mi pobre y triste bachillerato.

En ese momento pensé “qué me cuesta saludarlo, después de un profesor como Roy Meza –antiguo profesor del módulo de tele el trimestre pasado, sobra decir, un maldito tirano desgraciado –él simplemente hasta da ternura”. Caminaba con tranquilidad y soltura, después de todo ya no era la Daniela de trece años que él conoció y sí, que algunas veces –varias- humilló. Me pase de largo y lo ignoré.

Eso de los encuentros con profesores, por lo regular jamás acaban en una sensación linda y placentera. Son situaciones raras e incómodas. Para mí en especial es que un profesor es un profesor y jamás he tratado a uno como mi amigo, me parece poco ético y… extraño. De lejos siempre es mejor, delimitar bien esa línea profesor/alumno siempre es la opción, sino luego se toman atribuciones que no les corresponden.

Me pase de largo, no porque le tuviera miedo, no porque fuera raro, aunque si lo hubiera sido. Fue porque la última vez que me lo encontré fue, cuando recién entré a la universidad ¿Qué se encontró él? A una Daniela muy feliz con haber entrado a la universidad que quería, a la carrera que quería y ese día que lo vi, le demostré lo orgullosa y feliz que estaba.

Él no podía quedarse atrás, cuando escuchó la carrera que elegí, hizo una mueca y se limitó a decirme "Daniela, esa carrera no te va a dar de comer", ese día me molesté, mi papá presenció el hecho y no dijo nada (ahora creo que pensaba lo mismo), lo que me hizo enojar más. Me pase de largo porque no quería que se diera cuenta que ahora Daniela cree que el profesor De la Vega tenía toda la razón, y que cada vez que mencionó la carrera que estudió hago la misma mueca que él hizo y que jamás olvidé.


sábado, 10 de diciembre de 2011

Christmas Lights II



¿Se acuerdan lo que hicieron por estas fechas el año pasado? Yo acabo de recordarlo, porque fue justo cuando empezó  todo, fueron casi las mismas razones que me llevaron a escribir la parte primera de una entrada cuyo título es similar.

Ahora no estoy tan frenética con aquello de las luces navideñas. La verdad ni siquiera me di cuenta cuándo comenzaron a poner esas luces mis vecinos en sus diminutas ventanas de los departamentos. Quizá se deba a que antes tuve que percatarme de las luces de mi ventana, que no pedí, no quería pero están ahí, insistentes.

Eso no quiere decir que mi repudio por la navidad haya desaparecido. Odiaré la navidad y dudo muchísimo que algo me haga cambiar de opinión. De hecho este año es aún peor, eso de adelantar las compras navideñas, los aguinaldos y vales de despensa han hecho que esta ciudad se convierta en un mayor caos de lo que ya es.

Hoy hice algo que pocas veces me atreví a hacer anteriormente. Salí a dar un paseo, como me dijo el jardinero de la colonia cuando me vio salir. Cuando me lo dije lo pensé y estuve de acuerdo con él, era la mejor forma de describir lo que iba a hacer el día de hoy.

Comencé por mi sitio de lectura, pero decidí que no tenía tantas ganas de leer y comencé a caminar y a caminar, hasta que me di cuenta que caminé todo paseo de la Reforma, hacía frío pero no importo, oscureció mientras caminaba y vi encendidas todas esas luces navideñas que no guían hacia ningún lado, que sólo cambian intermitentemente, que son inútiles.

La navidad es lo mismo, siempre es lo mismo, por eso me choca y la odio como la odia el Misery Bear. Ese oso es tan miserable.


viernes, 9 de diciembre de 2011

Con las personas no hay sorpresas



Hoy después de un muy buen día, descubrí algo triste. Es feo eso, cuando un día te va relativamente bien, te diviertes, te despiertas de buen humor, tu día comienza a marchar tranquilo, el sol brilla en lo alto, con ciertos toques de incertidumbre aventurera pero te va bien y llega algo que, no, no acaba con todo eso, pero que hace que suspires profundo al final del día.

Descubrí que con las personas no hay sorpresas, sobre todo cuando las conoces tan bien. Cuando has convivido con ellas mucho tiempo, sabes cómo reaccionarán, hasta quizá cómo actúan y como lo sabes, también sabes qué esperar de ellas.

Qué quiero decir. Quiero decir que sabes cómo es tu hermano, tu hermana, tus padres, tus amigos, y sabes con qué cuentas, qué clase de cosas harían o no por ti; qué así son actúan como actúan. Por lo general, es inevitable, esperamos mucho de las otras personas y acabamos decepcionados o ser los que decepcionemos. De pronto piensas “ah, ya ni le digo nada a fulano de tal, porque sé que me va a decir esto”, pero en otro momento cambian, piensas que será diferente pero no vuelven a ser como habitualmente los conocías.

No hay sorpresas, por eso da temor conocer tan bien a la gente o conocerla, porque a veces ya no sabemos qué tan bien las conocemos, piensas que son de una forma y luego… no, no eran así. Y con todo y eso sigue sin ser una sorpresa, las personas especialmente raras me agradan, con ellos quizá tampoco haya gran sorpresa pero ese espíritu misterioso da algo especial.

Hoy me pasó con dos personas: mi padre y un amigo. Con mi papá fue así de “oh tal vez pueda pedirle un pequeño favor, últimamente es amable” y no, recordé que no puedo pedir favores a mi papá y con mi amigo fue “oh, tal vez hoy sea amable y podamos sostener una conversación amistosa” y no, recordé que él es así de pronto habla, de pronto no, de pronto hay interés, de pronto no.

Así son las personas, la verdad siempre sabe uno a lo que se atiene con ellos. A veces es por eso que uno prefiere la soledad.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Too much información


Hace bastante tiempo leí una columna de un personaje importante, su nombre: Olallo Rubio, no recuerdo con exactitud el nombre de la columna, pero recuerdo que me dejó marcada de algún modo por su planteamiento. Él decía que había dejado de ver, leer y escuchar noticias por una semana, durante esa semana descubrió que su nivel de estrés y angustia había disminuido, por lo tanto consideraba una buena idea dejar de informarse como parte de la salud mental de uno.

Creí en ese momento que era una buena idea, vivir en el estrés de la vida personal y de las actividades cotidianas era demasiado como para aumentar el estrés y la angustia de la vida colectiva, de la vida en sociedad. Ahora lo pienso, y creo que es una reverenda tontería, bajo nuestro contexto, bajo nuestra realidad, cómo podríamos atrevernos a darnos la vuelta así como así.

Gracias al tema que mi equipo y yo escogimos como tesina, me he estado adentrando a textos, en los que para ser honesta, si no hubiera sido por esto, jamás hubiera leído. Desde que leí esa crónica de Juan Villoro, me dejó marcada, la verdad, me aterró, tanto o más que al ver la película de El Infierno. Recuerdo que ese día, me rehusaba a verla, y a decir verdad, no sé qué me aterraba más, lo que veía en la pantalla y que sabía que no era ficción o que la gente alrededor de mi reía descontroladamente. Ese día no dormí bien.

Mientras leía un libro titulado Nuestra aparente rendición, cuya finalidad era reunir una serie de crónicas, escritos, poemas de distintos escritores a consecuencia del asesinato de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas, leía y leía, y leía atrocidad, tras atrocidad. Iba en el camino leyéndolo, y a ratos miraba a la gente absorta en sus propios pensamientos y yo me preguntaba “¿lo sabrán?”

Mientras leía más crónicas sobre la prostitución infantil en Acapulco, sobre las muertas de Juárez, sobre los niños sicarios en Michoacán, sobre los migrantes Salvadoreños atravesando el país para huir de la Mara Salvatrucha, me cuestionaba a mi misma, mientras un nudo en la garganta se me hacía, si llegaría al final del libro, si no llegaría un punto en el cual lloraría desconsoladamente. Sí, definitivamente leía demasiada violencia, demasiado odio, demasiada pobreza, demasiada desesperanza, demasiado dolor.

Podría ser muy fácil para mí, hacer lo que Olallo Rubio propuso, simplemente cerrar el libro y no mirarlo nunca más, simplemente apagar la televisión, apagar la radio, pero eso ¿de qué serviría? No, no serviría de nada, cerrar los ojos, taparse los oídos y callar no sirve de nada. Yo al menos, no puedo dejarme arrastrar por las engañosas garras de la ignorancia.

El fin de semana que acaba de pasar, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el candidato a la presidencia de la república por parte del Partido Revolucionario Institucional, Enrique Peña Nieto, cometió un error estúpido al cuestionarle cuáles eran los tres libros que habían marcado su vida personal y política. Como ya todo el mundo tiene conocimiento, mencionó La silla del águila, que fue escrita por Carlos Fuentes y él señor candidato declaró que había sido escrita por Enrique Krauze. Al final no pudo mencionar tres libros, algo muy absurdo, pues en el marco de la FIL, era un poco obvio que alguna pregunta de esa índole iba a ser expuesta.

Después por curiosidad y sí también por morbo el mal de todos los males quizá, me metí al perfil de Facebook de Peña Nieto, obviamente había comentarios sobre lo acontecido. Me pareció increíble que hubieran personas que lo defendían con patéticas excusas como “no tiene que ser un literato”; “a cualquiera le puede pasar”; “ya se verá en las urnas”; “igual va a ganar”. Yo realmente me sentía ofendida, porque esas personas no le daban la importancia que merecía, y ninguna excusa era válida.

Parafraseo un comentario que leí, decía que era muy importante que un candidato supiera cultura, supiera leer, porque a base de eso el país podía tener una oportunidad. Claro, nadie, a nadie le importaba si un candidato o presidente leía unas cuantas novelas, dónde queda la cultura en nuestro país, por consiguiente qué importancia le daría a la educación. La educación, parte esencial para nuestro desarrollo.

Luego había comentarios de una chica, comentarios bastante burdos para defender a “su” candidato. Quien le respondía a esta chica, le cuestionaba si no sabía todas las injusticias, los negocios sucios, la corrupción, la impunidad gestada a través de años por el gobierno priista, si no sabía lo que había ocurrido en el año 68 bajo un gobierno priista. La chica contestó “yo todavía no existía en el 68”. Me llenó aún más de indignación. Bien se dice que “quien no conoce su historia esta condenado a repetirla”.

La población es así, SOMOS, así. La cotidianidad, la rutina, pero también nuestro sistema político, económico, social; los duopolios televisivos, nuestra apatía, nuestras malas costumbres, nos lleva a un estado total de enajenación. Poco o nada nos interesan los demás. Hace poco en la actividad que Amnistía Internacional hizo en defensa de los migrantes centroamericanos, pedíamos firmas para que la PGR realizara las investigaciones y existiera una base de datos acerca de los asesinatos de migrantes que pasaban por México. Hubo personas que tajantemente nos decían “no”.

Es por eso, que no puedo, no puedo dejar simplemente dejar de leer el libro y seguir en mi cotidianidad. Muchos me hacen burla, y dicen que es típico que empiece con los debrayes y la paranoia, que es clásico de la carrera que estudio pensar que todo es cortina de humo, como cuando hablábamos de la muy sospechosa muerte de Blake Mora, en el país en el que vivimos, con las cosas que no queremos leer ¿no es válido, no en paranoia, más bien en buscar todas las posibilidades?

Quiero dejar claro algo, la gente no es pendeja, es ignorante, son cosas distintas. La ignorancia es ignorar, valga la redundancia, un momento, una situación, desconocer la totalidad del panorama. Que sí, personalmente pienso que la ignorancia trae catástrofes e invariablemente la estupidez, sí, en algún punto sí. Y si podemos ser estúpidos, hay en nosotros una lógica, a veces retorcida donde como dicen vulgarmente “no, no me haces pendejo”.

Por ignorancia, nuestra población piensa que todos son hechos aislados, que el narcotráfico no tiene nada que ver con los secuestros; que los secuestros no tienen nada que ver con la pederastia; que la pederastia no tiene nada que ver con los migrantes; que los migrantes no tienen nada que ver con las crisis; que las crisis no tienen nada que ver con el funcionario asesinado.

Hace un tiempo, mi papá me comentaba que quería ir a Michoacán, la familia de mi abuela es de allá, y yo le decía que no fuera, que a mi me daba terror. Él me contestó algo así como: “Eso dicen para que nos de miedo, si nosotros nos dejamos intimidar pues qué vamos a hacer”. Pensé, debo confesar, que mi papá era muy ignorante por decirme eso, pensaba “¿qué rayos no sabe lo que sucede?”, pero en algún punto tiene razón. No en la parte de que eso nos dicen para asustarnos, el momento que vivimos es tal, que poco importa si eres barrendero como si fueres un dealer; pero si, en la parte de que vivir en el miedo tampoco nos llevará a nada.

No puedo dejarme llevar por la ignorancia, no puedo cerrar los ojos, lo leo todos los días, aquí, allá, en todo el mundo. Me preguntó no sólo qué pasa con Cd. Juárez; con Michoacán que tantos  recuerdos buenos y malos guardo de mi infancia; con Chiapas; con Veracruz; con Acapulco, con México, me preguntó qué pasa con el mundo, pero sobre todo qué pasa con la humanidad.

Un pensamiento me asalta en las noches, mientras me encuentro debajo de las sábanas, lo ha hecho durante algunas semanas, lo hizo en un tiempo más atrás cuando observaba, pensaba: “ahora, en este momento, mientras yo duermo ¿qué pasará allá fuera? ¿a quién están secuestrando? ¿a quién están asaltando? ¿cuántas personas cruzaran la frontera? ¿a quién están asesinando? ¿cuánto dinero están robando?”

Y yo me preguntó ¿qué vamos a hacer? ¿hasta cuándo va a parar esto? ¿hasta qué página del libro gritaré: ¡Ya basta!?