lunes, 8 de agosto de 2011

La risa en vacaciones I


Oficialmente estoy de vacaciones. Para bien o para mal, digamos que una de mis preocupaciones constantes ha desaparecido momentáneamente, me deja contenta, pero también me dejo una enfermedad horrible que no ha desaparecido y no me ha permitido disfrutar, como se merece, las vacaciones; entre otras varias cosas.


A pesar de mi enfermedad, he intentado salir a distraerme un rato y pasarla bien en compañía de mi misma. Las consecuencias a veces son malas, por ejemplo esta el hecho número uno, acompañado de la gastritis se encuentran los ascos, por eso siempre que te diagnostican la gastritis hacen la asociación al embarazo, el metro, en este sentido, se ha vuelto mi peor enemigo.


No sé a quién rayos se le ocurrió la magnifica idea de colocar puestos de comida, deliciosa y nutritiva cabe señalar, dentro del metro. No imaginan el martirio que es pasar al lado de dichos locales con un asco tremendo, o en su defecto ver a los niños pasar frente a los ventiladores que rocían agua con la boca abierta. Entre esas dos cosas no sé cuál es más asquerosa.


La semana pasada decidí ir a un museo, pensé “hey, que mejor idea de diversión solitaria que ir a ver una exposición en un museo”. Fue buena idea, salvo la segunda consecuencia de mi convalecencia: el dolor de la patita mala. Y debo mencionar que eso no fue lo peor del asunto. Una vez dentro del museo, estaba yo, tranquilamente observando aquellas piezas de arte y escucho voces estridentes y con una evidente incapacidad de articular bien las palabras. De pronto se acercan y… era unos hipsters.


No sé qué sucede con esa gente, están mal de su cabeza o algo, quizá sus madres los tiraron de pequeños, pues no encuentro otra razón de su estupidez, quería alejarme de ellos, pero eran demasiado escandalosos, ni siquiera sé lo que decían porque no tenía sentido lo que salía de su boca. En pocas palabras se quejaban de la exposición, cosa que molesto a más de un presente en el lugar. Tal vez fue mi ignorancia, a lo mejor me estaba alejando de la próxima curadora del Louvre y no lo sabía. Pero ciertamente… no lo creo.


Los siguientes días, después del museo, salí con amigos, me di un descanso a mi misma, sin contar la tontería que hice de comer unos tacos al pastor estando enferma de gastritis, pasó bien. Resulta ser que me suceden las cosas más extrañas y ridículas cuando me encuentro sola, a excepción de otra amiga que le pasan las mismas o quizá cosas aún más extrañas.


Soy de esas personas a las que detiene un vendedor y jode y jode hasta que se da cuenta que soy pobre y por lo tanto no le compraré nada. Soy de esas personas que caminan por la calle y algo la distrae, y choca con las personas. Soy la que se atora en los torniquetes del metro; la última en bajar en las estaciones terminales; la que da miles de vueltas para encontrar el transborde correcto; la última en atravesar la calle cuando miles de transeúntes ya pasaron, y soy definitivamente a la persona que más golpean en la calle “sin querer”.


Hoy fue memorable. Subí al microbús, destino: el metro. Me alegre que hubiera pocas, pero amables (lo digo por su aspecto) personas en el microbús, siempre es bueno eso, porque luego va llenísimo o en su defecto casi vacío con dos o tres personajes adoradores de San Judas Tadeo. Iba tranquilamente, sin molestar a nadie, trato de mantener mi bajo perfil en todo momento, escuchando música. Veía por la ventana y sentí al lado mío la presencia de un ser extraño, de pelaje grueso, ojos rojos y grandes, le salía un cosa extraña por lo labios, con garras y… no, no es cierto, era sólo una señora, de unos cincuenta y algo, le calculé.


La verdad estaba escuchando música bastante deprimente e iba a hacerme unos estudios –menciono esto para contextualizar –no sé pues, cómo me vería ante los ojos de esa señora. Me tocó el hombro, yo como educadamente sé hacer, me quite inmediatamente los audífonos y le cuestioné qué necesitaba. Sigo sin poder creerlo, pensé que me preguntaría por alguna calle que con seguridad desconocía a pesar de vivir ahí por 21 años, pero no. Me dio un papelito y me invitó a una iglesia cristiana. Pueden imaginar mi cara ya que, gracias a Dios soy atea.


Además de eso, percibí algún mensaje subliminal en sus palabras, ya que dijo cosas como: “en este lugar vas a poder hacer amistades, de tu edad”; “hay mucho jovencito, mucho joven, muchas parejas, matrimonios”; “vas a hacer amigos sinceros, porque bueno, a veces uno se equivoca”, soy yo o me estaba ofreciendo amistades, pues soy una persona solitaria y… ¡además pareja!, qué ganga. Ya saben saco otras frases cristianas del tipo el señor te habla, dios y la biblia, acercase a dios, dios y su bondad, etc., etc.


Además de invitarme a hacer amigos, obtener pareja y posteriormente casarme, me orilló a decirle qué día podía ir a una plática. Además me preguntaba qué pensaba, tenía muchísimas ganas de reírme y decirle que ni en dios creo, pero como estaban las cosas me iba a exorcizar en ese instante, y bueno también por respeto. Tengo una opinión muy distinta de la religión y dios, pero como aparentemente buena persona, escuché con atención todo lo que me decía la señora.


Después de realizarme mis estudios, de casi desmayarme al ver mi sangre y nuevamente gracias a esta enfermedad, mereciera que me preguntaran por vigésimo tercera vez si estaba embarazada, decidí ir al cine solita.


Sigo pensando si eso de ir al cine sola no será algo muy deprimente, me di cuenta que sólo sucede en los cines comerciales, obvio va más gente, acompañada de otra gente, bueno pues lo normal, con toda razón a pesar de decirle a la amable señorita de la caja que requería sólo un boleto, me preguntó "¿cuántos?", le sonreí y le dije “uno por favor”.


Me metí a la sala lo más pronto posible para encontrar un buen lugar, me senté hasta arriba, pensé de forma ilusa no toparme con personajes inverosímiles o escuchar algún tipo de conversación irritante y molesta. Me alegró ver que no era la única sola y sin amigos en la sala, y de hecho la sala estaba casi vacía –gracias Capitán América –pero como mi mala suerte me persigue, deje a un lado la pareja chaca a siete butacas de mi, ya saben de esos que no alcanzaron a ver Capitán América y pues se les hizo como que el título estaba pasadon. Pero la pareja sentada justo enfrente de mi, la odie.


No sé cómo no se les acalambraron los labios, porque no dejaron de besarse durante toda la película, los avances y comerciales, era realmente incómodo, escuchar los besos y aunque no lo crean, lo sé, estoy demente, me dio muchísimo asco. Luego sólo veía danzar sus brazos prosaicamente y estaba a punto de patear sus butacas, pero me contuve porque intento ser una persona civilizada. Al final estaba tan entrada en la película que les reste importancia, aunque ganas no me faltaron de levantarme de mi asiento y escupirles.


En fin estas han sido parte de mis vacaciones, ¡quiero regresar a Amnistía! Pero mi enfermedad no me deja recorrer grandes distancias.


Por cierto Ebrard se vuelve a casar, no sé por qué lo mencionó, me acordé. Eso del matrimonio es una epidemia… mató al siguiente que me diga que se va a casar.

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