lunes, 16 de agosto de 2010

Crónicas depresivas: Roslyn



¿No estamos aterrorizados?

La brisa del viento golpeaba fuertemente, la luz iba cediendo paso a la oscuridad; pero la arena debajo de mi me indicaba donde me encontraba, el clima tropical del que nunca quise ser parte.
A lo lejos una luz llama mi atención, una pequeña fogata. A un lado de ella vi un rostro, de nuevo un inesperado interés dentro de mí. Era una mujer joven, hermosa a decir verdad; llevaba un lindo vestido blanco que dejaba entrever sus hermosos hombros desnudos. Intente desviar mi atención al sentir que estaba invadiendo su intimidad, sobre todo la profunda tristeza que irradiaba equivalente a su belleza.

A esa hora del día casi nadie va a la playa, la marea sube tanto que las olas chocan peligrosamente sobre los acantilados que se encontraban demasiado cerca de la orilla. Eso, por hermoso que resultara el paisaje, aterrorizaba a cualquiera. Y ahí estábamos los dos ¿no estamos aterrorizados? Yo no tenía más alternativa que estar aquí, pero ella… ella la criatura más hermosa que había contemplado no estaba asustada.

Espero a que el fuego se consumiera, se levantó y pude observa la esbelta figura al momento que una ráfaga de viento helado llegaba para revolverle el cabello largo de color castaño oscuro. Observé como limpiaba sus lágrimas, tomaba su pequeño bolso y se retiraba con una elegancia encantadora. Mientras tanto, yo me mantenía quieto, en lo más oscuro de la playa… no tenía más remedio.

No te dejes engañar


Esta vez llegó más temprano de lo habitual; pero eso no importaba yo ya estaba ahí desde mucho antes esperando su llegada. Dudaba que alguien como yo pudiera sentir esto, no sé si era ¿cómo se dice? Compasión, admiración o amor el que sentía por esa chica, no lo creía; yo no podía sentir eso, eran incapaz de sentir ¿quién era yo?

Llegó con otro de esos lindos vestidos que la caracterizaban y de los que a pesar de los días no me había acostumbrado, y por otro lado siempre surgía la pregunta ¿qué hacía alguien como ella en esta playa solitaria?

De repente algo me aterrorizo, comenzó a caminar en mi dirección y temí que me hubiera escuchado, pero qué idiota soy, pensé, si nadie puede escucharme. Se detuvo a medio camino desconcertada, buscando y buscando con desesperación. Se dejo caer en la arena mirando al cielo como si pudiera encontrar la respuesta a algo, tenía esa característica cara de preocupación que siempre mostraba, su preocupación por encontrar algo que evidentemente nunca encontraría: felicidad, satisfacción, paz… lo que fuera que le aquejaba. Miraba a la luna quizá hasta con esperanza y si hubiera podido ocurrírsele tal vez le imploraría. Pero yo conocía esa luna muy bien.

Se recostó con cuidado, llorando silenciosamente como si alguien además de mí pudiera escucharla. En ese momento quise acercarme, estar a su altura para decirle que no se dejara engañar por esa luna, por el mar, que no encontraría lo que buscaba en este lugar. Yo había estado aquí todo este tiempo y la soledad nunca se había ido; la aparente tranquilidad de este lugar en el día, se hacía perturbador por las noches; la belleza del lugar en el día en las noches, era monstruoso.

Agradecí que estuviera tan cerca de mí para poder admirarla mejor; pero sentía tanta impotencia porque no podía decirle que se alejara, que este lugar no le haría ningún bien, que no se dejara decepcionar, no se dejara desanimar por lo lúgubre que puede ser aquí. Pero debía mantenerme quieto, resistir ese impulso… no tenía más remedio.

Los dobleces en su vestido

Ese día llegó demasiado tarde; pero también ese día la marea era muy intensa. Los días no fueron los mejores últimamente y por lo que conocía este sitio con toda seguridad habría una tormenta mañana; no sabría si eso haría cambiar su rutina, sin embargo yo seguiría aquí como siempre esperándola.

Estaba tan absorto en esos pensamientos, hasta que llamó mi atención lo que hacía: con una rama que encontró trazó un círculo en la arena mojada que se encontraba cerca de la orilla del mar, después me detuve en su mirada de profunda tristeza. Se sentó dentro del círculo, y pensé “la tristeza sentada en un círculo”; me maraville de cuan real era esa imagen. Luego vi los dobleces de ese vestido blanco que tanto me gustaba, los dobleces justo en el bordado a mano de su hermoso vestido, ese detalle a simple vista tan descuidado era sencillamente perfecto. Si hubiera podido, me hubiera gustado poder llorar de la alegría que me daba su belleza.

Hubiera querido que ella compartiera mi alegría; pero estaba acurrucada en la arena, su tristeza… la tristeza lleva a la tierra y el orgullo de la gravedad a la gravedad. Pensé que estaba dormida pues apenas pestañeaba. Se incorporó lentamente y miró en dirección al mar pero esta vez me dio miedo su expresión, parecía decidida ¿pero a qué? No lo comprendí de inmediato no era capaz, hasta que vi como movía su cabeza con desaprobación; algo dentro de mí se inquieto… quería que dijera en voz alta lo que pensaba, deseaba gritarle, tomar sus hombros y sacudirla para sacarla de su ensimismamiento; pero seguía ahí quieto… no tenía más remedio.

¿Cuándo se convirtió esto en una casa muerta?


La lluvia no dio tregua; el sol ni siquiera salió, las nubes cubrieron todo el cielo y cuando oscureció me hice a la idea que ella no llegaría. Sentí un ligera punzada, convencionalmente a eso se le llamaría dolor, así es, sentía dolor; yo no podía sentir eso. Sentía alivio porque la mirada que tenía ella la noche anterior me había asustado, pero tampoco podía sentir alivio, ¡no podía sentir!

La lluvia caía con más intensidad y ahora no había luna; la playa se encontraba en la penumbra, daba miedo. Las olas golpeaban con fuerza las rocas y eso dolió. Eso si lo podía sentir: la furia, la impaciencia del mar a la espera de algo violento. Dolió.

Pude ver en la penumbra una ligera luz a penas visible por la tormenta, después me di cuenta que era una pequeña lámpara y quise gritar horrorizado al ver quien la sostenía: ¡era ella!

Traía el mismo vestido de ayer, el cabello enmarañado por la lluvia y el viento, el vestido blanco que mojado se le pegaba al cuerpo perfectamente. Respiraba agitada como si hubiera corrido y lloraba desconsolada. Tiró la lámpara, descalza me miró fijamente y corrió en mi dirección, cayó de rodillas a unos centímetros de mí, se llevó las manos a la cara y soltó un grito estremecedor; pero me quede pasmado y asustado.

Volvió a mirarme se acerco a mí, y me abrazó fuerte; su cálido cuerpo se acoplo de una manera que no hubiera imaginado a mi figura y estuvo ahí abrazándome por un largo rato sollozando.
Cuando se cansó de llorar e incluso pensé que estaba dormitando sentí que sus brazos me liberaban y se levantó cuidadosamente con aquella mirada que me aterro ayer; seguía con los ojos clavados en el golpe violento que dejaban las olas del mar y entonces comprendí lo que iba a hacer. ¿Cuándo se convirtió esto en una casa muerta?

Camino lenta pero firmemente hacia el mar, mientras yo miraba perplejo, con el agua llegando hasta donde me encontraba. Ella siguió caminando a pesar de la furia de las olas y cuando el agua le llego a la cadera se detuvo, miro atrás y me observó, abrió la boca para articular algo pero no quería escucharlo, si escuchaba su voz iba a ser más doloroso. Me dije a mí mismo “no, no, no dejaré… ¡no dejare que me hables!... desanimándome”. No lo dije en voz alta pero me miro condescendiente y sólo sonrió por única y última vez para adentrarse en el mar. Mientras seguía yo quieto… no tenía más remedio.

Las alas no te ayudarían…

Nadie podía escucharlo, pero yo no era nadie ¿yo qué era? Podía escucharlo, podía escuchar esos sonidos, la fuerza del mar, el soplo constante del aire, la arena que se levantaba, las nubes moviéndose y la lluvia cayendo… ella ya no estaba, no lo estaría más.

Debajo mar y roca,
Ladeada a la corriente,
Huesos sangran y dientes
Erosionan con cada golpe

Si hubiera podido hubiera llorado como ella; si hubiera podido la hubiera detenido y le hubiera advertido que a pesar del ángel que era, las alas no le ayudarían al caer… no tenía más remedio.

Mar y roca

Hay veces en que sigo pensando que regresará con esa esbelta figura y su hermoso vestido blanco; esta vez con una sonrisa, correrá hacía mí y me abrazará. Hay veces en que quisiera que regresara pero no lo hará porque está muerta, porque vi cuando moría y no hice nada para evitarlo. Pero… qué podía hacer ya que siempre me he preguntado quién soy, aunque la pregunta adecuada más bien es qué soy y ya lo sé: sólo soy una roca, una roca varada en esta playa solitaria donde ella venía a desahogar sus penas, sólo soy una estúpida roca que se supone no debería sentir nada. Y seguiré aquí alrededor de otras rocas dejando que las olas del mar choquen contra mí… no tengo más remedio.

Lo tensaré, nada revelaré

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