domingo, 25 de julio de 2010

Crónicas depresivas: Wherever



Era una mañana despejada en la ciudad, todo transcurría con normalidad en la casa de la familia S, a pesar de haber pasado una navidad algo escabrosa por uno de los miembros de la familia. Ahora se encontraba tranquila, con las luces apagadas, aún con los adornos navideños, pero completamente sola.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado.

Sólo escuchaba el silencio, no había dormido bien, tengo que abrir los ojos, pensé, mirar a mi alrededor y evaluar los daños. El dolor del golpe en la cabeza parecía matarme, la verdad no recordaba con exactitud qué me había golpeado no recuerdo mucho de la noche anterior, salvo los gritos; el llanto; la comida sin tocar; los adornos que lance, en fin la discusión de anoche. A decir verdad ni siquiera recuerdo por qué comenzó la discusión.

Estaba acostado en mi cama y ni siquiera me tome la molestia de destenderla. Me levanto y el dolor en la cabeza me aqueja, no sé si es del golpe o de lo mucho que bebí, por instinto me toco la frente y presiono con fuerza como si ese acto calmara el dolor y en cuanto pienso en eso reflexionó que si funcionara, tocaría y presionaría mi pecho para aliviar también ese dolor.

Cuando me levantó recorro con la mirada la recamara y observo que sigue igual: discos, ropa, mochila, útiles escolares y el libro que hasta ayer deje de leer. Enfrente veo el espejo y por curiosidad me miro y me veo realmente fatal, es cuando un pensamiento llega a mí. Pienso que no importa en donde me encuentre siempre esta alguien ahí… pero ¿quién?

Abro la puerta y me asomó, al parecer no hay nadie, eso me alivia no quiero encontrarme con mis padres ni con mis hermanos que me reclamarían como siempre; aunque si lo hacen tal vez los ignore, por qué esconderme. Salgo del cuarto sin miedo. La casa está vacía, muy a mi pesar echo un vistazo en los cuartos de los demás integrantes de eso que llaman familia; los cuartos estaban en orden… pero vacíos, de hecho casi todo en la casa estaba en orden, casi ya que el comedor seguía con la indumentaria propia de la navidad, más desordenado pero lo mismo al fin. De pronto escuché que alguien entraba.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado.

La señora Lupita entra a la casa de la familia S., como siempre a esa hora no hay nadie, nunca ha habido nadie a esa hora, nunca se ha encontrado a alguien a lo largo de los seis años que trabajo ahí.

No le gustaba tener que trabajar el día siguiente a navidad pero necesitaba el dinero, así que no tenía más remedio. Comenzó por los cuartos pero no había mucho que hacer todo estaba ordenado, eso la reconfortó. Luego siguió por los baños como de costumbre y finalmente llegó a las estancias grandes: la sala, el comedor, los pasillos y la cocina.

Cuando llegó al comedor le sorprendió ver casi intacta la cena de anoche pero también le molesto; era el cuarto que más necesitaba limpieza, restos de comida y adornos tirados por aquí y por allá, eso hacía que llegará a la conclusión de que hubo una fuerte pelea. Eso a Lupita no le sorprendió demasiado, los señores eran muy educados y amables y sus hijos más chicos también, pero el mayor era distinto, las dos veces que se topo con él fue grosero y además para ella era evidente que andaba en malos pasos. Después de acabar el comedor, dio un gran suspiro, sintiendo una pena por la familia S porque ellos seguramente no habrían disfrutado la navidad.

Acabo con sus labores y dejó las llaves de la casa dentro, pues le dieron unas merecidas vacaciones. Cerró la puerta.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado.

Sólo era la señora Guadalupe, la señora que hace la limpieza en la casa todos los días porque mamá no puede hacerlo con sus múltiples ocupaciones. No tenía nada en contra de la señora es sólo que tenía una forma de mirarme que no era de mi agrado, era como si pensará que no debía ser parte de esta familia, aunque a lo mejor tuviera razón.

Decidí dejar que hiciera su trabajo cuando la escuché entrar a los cuartos, no quería que me encontrará y me mirara con ojos severos después de ver el desastre que tenía que limpiar en el comedor. Salí por la puerta trasera y me detuve un momento pensando por qué la casa estaba vacía, ¿a dónde se habían ido todos? No es que se me hiciera raro, pero algo dentro de mí se inquieto.

Vi el auto, pero recordé que había dejado las llaves dentro, lo pensé un minuto más y decidí seguir mi camino a pie, eso me ayudaría a pensar. No sé cómo pero el tiempo se fue muy rápido, camine por calles que no había transitado jamás, parecía como si todo fuera desconocido pero me agradaba, no me podía quejar había ignorado lo que había ocurrido y mientras caminaba respiraba cada vez más lento para dejar que los pulmones se me llenaran de nuevo oxígeno. Hubiera seguido caminando pero una necesidad me detuvo: hambre. Necesitaba comer algo.

Caminé otras tres cuadras a un lugar que conocía, me quedé mirando la puerta no sé por qué, pensé que me vería ridículo comiendo solo, qué clase de persona soy; un ruido interrumpió mis pensamientos, una mesera salía del establecimiento para tomar la orden de una familia sentada fuera del restaurante, observe la escena y de pronto ya no me importó mucho lo que pensaran. Cuando la mesera entro, entré después de ella.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado.

Cecilia acaba de entrar al restaurante fastidiada de la rutina diaria, hoy en especial no había mucha gente, era 26 de diciembre no entendía por qué debía trabajar pero lo hacía con la mejor de sus sonrisas, además la navidad la había pasado con sus amigos pues su familia estaba lejos, estudiar y trabajar nunca fue fácil pero lo intentaba.

Cuando espero detrás de la barra de bebidas y se recargo en su hombro, vio aquella mesa sola y se pregunto si alguna vez una persona se sentiría tan sola como para ocupar ese lugar sin importar si el resto de los comensales lo ven extraño. Se incorporó y camino hacía aquella mesa vacía y se sentó por un momento. Jugó un poco con la servilleta que había dejado el último cliente, una persona solitaria que sin duda no habría tenido problema con sentarse en ese lugar. Se sintió afortunada de no ser cómo aquella persona, de no sentirse sola, sonrió un instante y miró por la ventana para ver a un hombre en la esquina con una guitarra tocando alegremente, quizá nadie se encuentre solo, pensó Cecilia, se levantó de la mesa, la limpió y volvió a sus actividades: faltaba poco para el cierre.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado.

Cuando entre me sentí fuera de lugar, mire una mesa sola camine firmemente a ese lugar, pero al faltar dos pasos para llegar me arrepentí, de pronto el hambre desapareció y decidí seguir caminando. Salí del restaurante y al salir vi un hombre con una guitarra , tenía una hoja en el piso; cuando me acerque me di cuenta que eran partituras, las observe cuando el hombre cantó “¿Por qué es el viejo fuego? En tus sueños esta noche son como una batalla”. Esas palabras retumbaron en mi mente, metí una mano a mi bolsillo para darle una moneda, pero no encontré nada. Con mucha vergüenza por no haberle dado nada me retire.

Cuando volteé a ver otra vez el restaurante vi a una joven asomada sonriendo, tenía un brillo en los ojos que no me gustó del todo, se sentó en aquella mesa que había elegido para sentarme, la sonrisa y el brillo en los ojos: era como una burla de mi soledad.

Transité algunas calles más y me detuve de pronto pensando en lo que me había dicho a mi mismo en el espejo “No importa donde estés, no estás solo”, el viejo fuego, qué tal si encendía mi propio fuego interno. Cuando llegue a la calle 56 baje un segundo la mirada y cuando la levante todos a mi alrededor tenían rostros blancos, me detuve por inercia espantado, pensé que debí de haber comido algo porque estaba alucinando, corrí.

Llegué a un parque y me senté en una banca, tenía sudor por toda la cara, asustado y al borde de las lágrimas, cómo me hubiera gustado que estuviera mi familia conmigo, cómo me gustaría que se quedaran conmigo, que me escucharán, eso era lo único que pedía que me escucharan… ah sí, esa fue la razón: nunca escuchan; tan metidos en sus asuntos que nunca escuchan. Les dije que me sentía sólo y se rieron de mí pensando que era locura mía.

Encogí los hombros y baje la cabeza sollozando, tratando de mantener el control, cuando escuché un ruido; apreté los ojos fuertemente para que salieran las últimas lágrimas cuando los abrí al principio vi una luz verde, cuando me talle los ojos me di cuenta que en realidad era una luz roja… una ambulancia se acercaba.

Quizá volviera a ver mañana rostros blancos, alucinación. Significaba que no conocía a nadie que pudiera ayudarme, habría interesados tal vez, pero serían pocos. Con curiosidad vi hacía donde se dirigía la ambulancia y la seguí. Me di cuenta que estaba oscureciendo.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado.

Daniel y Gerardo eran policías, habían patrullado durante toda la tarde sin indicios de algún altercado, era extraño para ser 26 de diciembre, siempre hay alguien que se emborracha de más o que hace algún disturbio con el ánimo de las fiestas; pero ese día todo se mantuvo bastante tranquilo.

Cuando dieron las siete de la noche decidieron tomarse un pequeño descanso y fueron al café de siempre a tomar lo que se acostumbraba: café y pan recién horneado. No es que fuera un cliché pero ellos lo hacían porque la vida era bastante rutinaria y ese día no pintaba para ser algo más emocionante de lo que había sido durante el resto del día. El único cambio sustancial fue cambiar el café descafeinado por un americano y comer dos panes de dulce; se sentían bastante fatigados, cubrir ese día era más cansado de lo normal, sobre todo al haber disfrutado su cena navideña la noche anterior, pero trabajo era trabajo, al menos en eso coincidían los dos.

Después de terminar su café y pagar la cuenta, decidieron hacer un último patrullaje por la zona antes de terminar su turno. Casi al acabar el recorrido, recibieron un aviso de que fueran inmediatamente al boulevard Q, pues al parecer unos ancianos habían encontrado algo extraño en los arbustos del parque que esta al final del boulevard. Muy a su pesar y torciendo el gesto aceleraron para llegar al lugar indicado, casi al llegar al principio del parque se encontraron con la ambulancia que se les adelanto. A Daniel le parecía siempre estresante el sonido de las sirenas y esta vez se estremeció al verlas.

Miro en dirección del parque que se hallaba en penumbras, se detuvo en una banca que le llamó la atención por alguna razón, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, la banca era como todas, pero se veía tétrica… sola. Qué contraste se hallaba entre las fiestas navideñas y este paisaje.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado.

No tuve que seguir a la ambulancia muy lejos, sólo al final de ese inmenso parque del que no me había percatado que se encontraba casi desierto. Mire hacia atrás y vislumbre una patrulla que se acercaba, volví mi mirada al frente.

El parque ya no estaba solo, miles de curiosos se arremolinaban entorno a algo que no alcanzaba a ver con claridad. Escuché algunos llantos y gritos de horror, y eso me asustó, nunca había visto un accidente o algo parecido y me detuve, no quería saber que había sucedido. Mi mente decía que me diera media vuelta y me marchara a casa, pero mis pies continuaban avanzando hacía la gente.

Mientras caminaba más despacio, la policía le decía a la gente que se retirara. Un policía retiró a un grupo de gentío enfrente de mí y pude verlo claro, claro y fuerte. Pude ver mi cuerpo tirado en el piso frío de asfalto, con un gran golpe en la cabeza de donde le broto mucha sangre, estaba frío, pálido. Escuché que un policía había dicho que quizá me habrían atropellado por lo cerca que estaba de la avenida, otro decía que lo más probable era que me hubieran asaltado porque no llevaba nada, ni cartera, ni dinero, nada. A mí no me importaba qué me hubiera pasado.

Me arrodille a un lado de mi cuerpo, ignore la mancha de sangre que había y me abracé, sabía que ese acto no significaba nada en la vida terrenal, pero me hacía sentir mejor y le dije a mi cuerpo inerte “No importa donde estés, hay alguien que está ahí contigo, me temo que eres tú mismo”. Cuando me incorpore mire los rostros de la gente, no eran blancos, pero no había ninguno que conociera y sentí un retortijón en el estómago, deje mi cuerpo ahí esperando que hubiera alguna forma de identificarme, pero no me preocupe demasiado por ello. Mire la fría noche tan oscura ahora.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado.

Un cuerpo yacía inerte al final del parque, la gente miraba consternada. Un muchacho joven, de cual aún no se sabía nada. Los señores R, se sentían afligidos de haber encontrado el cuerpo de aquel joven que tenía una expresión tan extraña, no era tristeza. La señora R pensó en un momento que quizá fuera alivio, pero desechó la idea por considerarla inverosímil quién querría morir y tan joven. Un policía grito desde un lugar que no pudo identificar, dijo algo de una credencial; la señora R se tocó el pecho aturdida pero también calmada quizá identificarían quién era aquél muchacho.

Del otro lado de la ciudad Serena S y Arturo S, se encontraban en casa de la mamá de Serena S, hablando de lo que había ocurrido la noche anterior, se sentían arrepentidos de haberle alzado la voz de la forma en que lo hicieron a su hijo, la pregunta obligada se hizo presente ¿en qué habían fallado? Arturo S consolaba a su esposa, eran las ocho cuarenta y cinco de la noche, se habían pasado casi todo el día ahí, cuando sonó su teléfono.

Vera S esperaba a su hermano en el club de natación, pasaría por ella a las ocho y media en punto y se había retrasado; estaba enfadada pero no por el retardo de su hermano, era más bien el estrés que tenía por lo que había pasado en navidad. Esperaba en el lobby mientras se le salían algunas lágrimas. Ian S manejaba los más deprisa que podía había prometido a Vera llegar puntual, pero el tiempo se le fue deprisa en casa de su amigo, necesitaba platicar con alguien de lo que había pasado y se sentía impotente por no poder hacer nada, por fin llegó al club de natación.

Vera e Ian S se encontraron en el lobby del club; Ian al ver a su hermana llorando corrió y la abrazó y le prometió que todo iba a estar bien, pero él tenía un sentimiento extraño en su interior. Cuando se miraron a los ojos empañados, el celular de ambos sonó.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado.

Me di la media vuelta y recorrí el mismo camino que había hecho hasta llegar ahí, una voz en mi interior dijo “mira bien afuera, di tus despedidas” y avance más deprisa para llegar a mi casa, las luces estaban apagadas, pensé que se habían dormido todos y grité “¡Voy a estar esperando alrededor de tu casa, no me importa voy a estar esperando alrededor de tu casa!”; pero las luces seguían apagadas.

La navidad ha acabado y las luces se han apagado y respira más lento.

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