viernes, 5 de febrero de 2016

Tía



La familia es ese conjunto de personas que uno no elige, pero ahí están. A veces nos obligan a quererla aunque no compartamos cosas en común. Otra veces esa familia se vuelve tóxica para nosotros porque estamos obligados a estar para ellos, o al menos eso nos enseñan. Algunas veces pensamos “¿en serio? ¿por qué si eres mi familia me haces/dices eso?”. Así es.

Mi familia es un poco disfuncional, pero en tiempos modernos ¿qué familia no lo es? Mis padres se separaron cuando yo era muy chica y mis hermanas se fueron de la casa panzonas muy jóvenes.

Cuando mis hermanas les dieron la noticia de sus embarazos (casi al mismo tiempo) a mis papás casi les dio el infarto. Yo era muy pequeña y me parecía exagerada su reacción. Para mi, mis hermanas eran bastante mayores como para embarazarse y empezar ese ciclo.

Ahora poniéndolo en perspectiva entiendo a mis padres. Mis hermanas no eran mayores de lo que yo soy ahora. Eras una bebé, le dije a mi hermana mayor cuando recordé la edad que tenía al embarazarse la primera vez.

Supongo que mis papás se sintieron un poco impotentes porque esperaban otras cosas de ellas. Justo es la misma decepción que siente mi familia por mi ahora. Pensaron que porque era matada y jamás reprobé una materia sería exitosísima terminando una carrera… y pues heme aquí.

Eso es lo que pasa con la familia, tiene grandes expectativas de lo que eres y lo que serás. Esas expectativas son complicadas de llenar.

Al nacer mis sobrinos yo pasé a segundo plano. No es que fuera el centro de atención, nunca lo fui y no me gustaba serlo, nunca me ha gustado serlo. Sólo era bueno salir con mis hermanas y que me trataran como su muñeca.

Hoy sólo me queda agradecerles infinitamente a mis hermanas por el mejor regalo que he recibido: mis sobrino/as. Por dejarme pasar tiempo con ellos.

No soy especial amante de los niños. Por lo general me dan miedo porque son incómodas las situaciones que involucran a niños. Muchos son realmente molestos. Creo que nacen con cierta personalidad y sólo van agregando más cosas.

Afortunadamente mis sobrinos son muy inteligentes. Cuando nacieron los primeros yo era muy chica y prácticamente crecí con ellos. Ya no me sentía sola, porque estaban ellos ahí como compañeros de juego.

Son realmente brillantes y talentosos. Me impresiona todo lo que hacen y cómo aprenden solos. Nunca busqué ser una influencia en su vida, pero para mi fortuna en muchas ocasiones les gustó la música que yo escuchaba.

No quiero ser de esas personas que les chupa la juventud a los demás. Seguramente dentro de pocos años mis sobrinos se hartarán de mi y pensarán que necesito una vida. Quizá me vuelva una chava-ruca involuntariamente por querer juntarme con ellos.

Es sólo que disfruto mucho de su compañía y de lo que me platican. Me parece interesantísimo y he aprendido muchas cosas. Cuando me siento mal y les platico, siempre me dicen frases de algo obvio que yo estaba ignorando.

No saben la felicidad que siento poder invitarlos al cine, al museo, a un concierto, poder invitarles unos tacos, un dulce, una malteada o un helado.  Dada mi situación precaria, eso no pasa mucho, pero saber que disfrutan los momentos que pasamos juntos me hace sentir muy bien.

Me gusta que me enseñan a poder reír de mi misma. A que no por tener veintitantos debo dejar de reírme de las mismas tonterías.

Ahora que los dos más grandes son mayores de edad se siente extraño, pero igual. Me gusta saber, y espero que sea cierto, que me tienen confianza para platicarme lo que les pasa. Espero y les hago saber que nunca los juzgaré por las decisiones que tomen.

No tengo grandes expectativas con ellos. No necesito transmitirles esa carga, ya son extraordinarios tal como son. Me siento orgullosa de ellos por lo que son, de todos ellos. Me gusta verlos, estar con ellos, comer con ellos, platicar con ellos y jugar con ellos.

Es increíble verlos crecer y ser únicos. Aunque me hagan sentir un poco vieja. Cuando un día despierto y no le veo sentido a nada, me acuerdo de ellos. Es lo que me hace levantarme por las mañanas y no necesitan hacer mucho, sólo ser ellos. 

Soy su tía, pero se convirtieron en mis compañeros de vida. No me presionan aunque de vez en cuando me dicen cosas para que entre en razón. Me gusta la forma en la que me miran, como si todavía creyeran en mi, como si estuviera bien ser como soy. El día en que dejen de mirarme como lo hacen y en que dejen de disfrutar mi compañía, ese día me voy a preocupar.



viernes, 22 de enero de 2016

Caminar

Hoy fui al cine sola. Había insistido con mucha gente de ir, pero supongo que soy la única persona que no tiene nada qué hacer por las mañanas o por la vida. Olvidaba lo maravilloso que es ir al cine sola y pedir con absoluto orgullo un boleto en la taquilla.

La sala estaba casi vacía, pedí un lugar hasta arriba y me acosté entre los asientos, mientras veía en pantalla hermosos paisajes daneses. El cine sigue siendo esa máquina de sueños predilecta.

Traté con exquisita amabilidad a cada uno de los empleados en el cine. No soy la más entusiasta al momento de estar rodeada de personas, pero siempre intento ser mi mejor yo con las personas que se dedican al servicio. No sé en qué momento pueda estar yo en su lugar. Quizá más pronto de lo que imagino.

Salí y caminé a casa. El cine no me queda muy lejos e hice el mismo recorrido de cuando en arranques de locura caminaba del bachillerato a casa. A muchos les parece una larga distancia, pero yo sé de largas distancias y esa no lo es.

Apagué el celular porque no quería que nada me molestara. Caminé a paso lento porque no tenía prisa por llegar a ningún sitio. Paso tras paso, al lado de coches y personas desconocidas me di cuenta que era la segunda vez en estos cuatro meses que me sentía libre. La primera fue durante el viaje mirando las nubes durante el vuelo.

El viento helado soplaba y yo me encogía, pero continuaba el trayecto. Cruce avenidas y calles observando cuidadosamente. Veía mi sombra y cómo mi cabello se revolvía con el aire como una danza exótica.

De pronto me di cuenta que me acercaba a la primaria a la que asistí de niña. Pasé por el lugar donde se estacionó mi mamá para recogerme y darme un pequeño regalo sin razón alguna. Crucé la puerta de entrada que había abierto por mi cuenta tantas veces. También pasé por el lugar donde mi papá se estacionaba al dejarme y esperábamos porque siempre se nos hacía temprano.

La escuela estaba pintada del mismo color que la recuerdo cuando entre con terror el primer día. Ese lugar donde conocí a mis primeras amistades y donde atravesé tantas cosas.

Seguí caminando pensando en eso de ir al cine sola. En lo mucho que me gusta y en lo tanto que tengo que trabajar para estar bien con mi propia compañía. En que estaba tan acostumbrada a estar sola que no sé exactamente qué se siente estar con alguien más.

Mientras eso pasaba en mi mente, el hecho de recorrer la primaria y la escuela donde pase cuatro años intentando aprender inglés, me di cuenta que había cambiado. A veces pienso que fui hecha de un material diferente, no por sentirme única, pero porque no puedo ver lo que los demás ven.

A decir verdad creo que mi material se ha ido modificando a lo largo de mi vida. Creo que primero fui de plastilina y era muy fácil moldearme; luego creo que fui de plástico, uno divertido con un color brillante; después creo que fui de hierro tan duro y terco. Ahora creo que estoy hecha de arcilla y que me quebraré en cualquier momento.

No soy la única, sé que hay muchos allá como yo. Son tiempos difíciles para las almas solitarias. En ocasiones me gustaría encontrarme con ellos, pero eso no sucederá. Ellos también desean estar solos y encontrarse entre un bullicio citadino o la tranquilidad de una provincia.

Anoche tuve un sueño extraño. Soñé que estaba en la fiesta de un cineasta muy conocido. Iba acompañada de alguien que ahora no recuerdo. Mi familia estaba ahí, todos se conocían y yo era la única desconocida en el lugar. Me sentía tan fuera de lugar, tan temerosa y cohibida, fue un sentimiento tan incómodo.

Llegué a la conclusión de que así es la vida: una gran fiesta a la que me obligaron a asistir o a la que ni siquiera fui invitada. Me gustaría decirle a la gente como yo que podemos reunirnos en esa fiesta y tomar un vaso de agua o un té juntos aunque no hablemos los unos con los otros.

Antes de subir a un puente peatonal pensaba en las decisiones que debemos tomar a lo largo de nuestras vidas. Las únicas sobre las que no tenemos derecho a decidir son nacer y morir. Lo demás está en nosotros. Ojalá por lo menos pudiéramos decidir cuándo y dónde morir.

No sé cómo seré recordada cuando parta y ojalá pueda decidir cuándo partir. Supongo que lo que más honesto tendría que ser irse haciendo o intentando hacer algo que uno realmente desea, algo que lo llene y le alivie el alma. Como Bowie.

Siento que la gente como yo vamos a cometer locuras. Siento que viene una locura de mi parte. No sé cuál.

Casi llegaba a casa cuando pasé por la secundaria a la que asistí. En ese tiempo todo me quedaba cerca. Después me di cuenta que vivía en una burbuja y en el fin del mundo. Me acerqué al edificio y mire una de las ventanas del último piso. Casi pude verme a mi misma las 14 años mirando a la de 25 años.

No fue mi época favorita, pero no pude evitar sonreír al pensar que ahí conocí a una de las mujeres que más quiero en mi vida.

En ese momento el tren aviso su trayecto. Me quedé en una esquina observándolo pasar. Recordé que alguna vez dos personas se impresionaron al saber que por mi casa seguía pasando un tren. Seguí su trayecto con la vista y continué caminando.

Iba a pasar por el puesto de una señora a la que le compraba golosinas cuando iba en la secundaria. Con sinceridad había decidido pasarme de largo porque me daría mucha vergüenza si me cuestionara mi estado laboral. Crucé la calle y volví a mirar su puesto. Volví a cruzar la calle y le compré un dulce. Me preguntó cómo me iba y yo le dije la verdad.

No me juzgo y me platicó sobre la situación de sus hijas. Una de ellas iba en la misma secundaria que yo, en diferente generación. Me contó que ambas abandonaron la escuela y que una de ellas estudiaba lo mismo que yo. Ambas tienen empleo y ahora después de 10 años en una empresa preferían “trabajar para estudiar”.

Me despedí y seguí mi camino a casa. Lo que me platicó me hizo pensar. Una vez escuché a un par de psicólogos decir que la educación no servía para nada, que a veces era mejor no estudiar. Yo me escandalicé, por supuesto. Mi manera de pensar ha cambiado estos años.

De niña y adolescente el estudio me parecía lo más noble que había. Además yo era muy buena en ello. En eso de ir a la escuela, estar en las clases y cumplir con las tareas. No podía concebir otra cosa diferente. Ahora creo que lo más noble es trabajar y hacerse de un oficio que te apasione.

Estoy totalmente en contra de que mis sobrinos continúen sus estudios inmediatamente después de la preparatoria. Es absurdo. La gente debería de encontrar su vocación empíricamente sin perder tiempo en ello, ya luego vendrá la especialización.

Me di cuenta mientras caminaba que había hecho tantas expectativas de niña, había tenido tantas aspiraciones que me faltó hacer una. La más sencilla o la que parece ser la más sencilla en teoría: vivir. Pasamos tanto tiempo intentando aprender a vivir que nunca lo hacemos. Yo no sé cómo hacerlo.

Creo que siempre estuvo presente esto: escribir. Empecé un diario cuando tenía 10 años, no conozco a nadie que pidiera un diario como regalo y menos aún que lo usara. No sabía que me gustaba, no lo racionalicé, pero ahí estaba.

Recuerdo cuando acabé el servicio social, la persona que se hizo cargo de mi me dijo: “Tengo que decirte una última cosa: por favor, nunca dejes de escribir, nos privarías a muchas personas de tu trabajo”. Fue tan repentino e inesperado que creo que se me subió la sangre a la cabeza.

Ya sé que esto suena altanero y las personas que me conocen saben que realmente creo lo que voy a escribir a continuación: nunca he pensado tener un don especial para la escritura, ni que lo que escribo sea sobresaliente. Escuchar lo que me dijo ese hombre significó mucho para mi.

Él no me conocía, no era parte de mis amigos y familiares que me comentaban lo mucho que les gustaba lo que habían leído. No sé cómo pasó, pero ese entusiasmo se vio reducido a otra cosa en este tiempo.

Cuando comencé a compartir lo que escribía me daba mucho miedo que los demás me leyeran, en especial mi familia. Ahora creo que ya menos gente me lee, mucho menos mi familia. Hace poco buscábamos canciones para un vídeo. Yo proponía canciones cuando de pronto mi hermana me dijo: “Te has vuelto muy deprimente”. Me quedé callada.

Estaba a pocos pasos de mi casa. Mientras todo esto que les escribo paso redactándose en mi mente durante el camino. Mentalmente borraba cosas o añadía otras, es como tener una máquina de escribir en mi cabeza todo el tiempo. A veces no se calla y sigue haciendo esos ruidos mecanográficos en las noches, no me deja dormir.

Aún así me sentí libre y disfrute mi compañía aunque fuera deprimente, aunque hayan sucedido tantas cosas. Recordé que ayer antes de dormir hablé con ella, no sé si me escuchaba, pero prefiero fingir que si. Le dije que me sentía muy avergonzada por mi cobardía y mi falta de carácter. Le dije que lo iba a intentar.

Me desvié un poco y fui a la heladería cercana. Sí, pedí un gran helado de chocolate y al primer contacto con mi lengua sentí un muy dulce, dulce alivio y ese fue el punto final de mi texto.


Al llegar a casa, la esposa de mi papá me preguntó si no tenía hoy una entrevista. “No pasé el filtro”, le contesté. Mi papá cambio el tema y yo me di la media vuelta con un nudo en la garganta. Ese fue el segundo punto final, el error ortográfico en mi texto.

lunes, 14 de julio de 2014

24

Se cumplió un mes de que fue mi cumpleaños. Debí escribirlo antes, durante o unos días después, pero en ninguno de esos momentos hubiera obtenido tanta perspectiva como en este momento. Hace poco una de mis amigas me dijo “si reniegas tanto de tus cumpleaños es porque le das más importancia de la que crees”. Los años anteriores fueron así y este honestamente no.

No había planeado un gran festejo, incluso en otros cumpleaños míos hasta pensé en hacer algo “especial”, pero la verdad no planeo ahorrar para un festejo, me da mucha flojera planearlo y al final la realidad es que de todos los amigos que tengo muy pocos irían a alguna celebración de mi cumpleaños.

Fue un día soleado, a pesar de que odio los días soleados ha llovido tanto que, nunca pensé que lo diría, pero agradezco un día soleado. Fui por unos boletos, lo cual puedo considerar como regalo de cumpleaños, un pastel para mí, porque eso sí un cumpleaños sin pastel no es cumpleaños, y finalmente vi a mi amiga y fuimos al cine.

Me llamó una de mis hermanas y me preguntó cuántos años cumplía: 24, le contesté. Ella me soltó un: “ah estás joven…todavía”. En ese momento entré en pánico, la palabra todavía le denotaba un aire de contador de horas, minutos y segundos. Después vino una catástrofe porque me deje llevar por esa ola de emociones, que nunca puedo controlar, acerca de mi vida y mis recién cumplidos 24 añitos.

Cuando me relajé comencé a pensar realmente y con la cabeza un poco más tranquila lo que había significado cumplir años, no sólo los 24. Recientemente leí también una imagen que decía “¿por qué te festejan el año menos que estarás en esta vida?”. Porque todo el mundo agradece haber estado un año más en vida.

Entonces me puse a revisar que había hecho en ese año de vida. La verdad es que me divertí, a pesar de todo, ahora que se acerca agosto no puedo dejar de recordar mi viaje a Guanajuato y lo mucho que me dejó.

Últimamente he visto a muchos de mis compañeros y amigos triunfar, como lo merecen, y me llegan a la mente todas esas absurdas ideas de los millennials. Me sentí rara porque no estaba siendo una “emprendedora” (odio el término), no estaba desarrollando el siguiente buscador web, tampoco me encontraba escribiendo un libro y ya tengo 24 años, esa gente a los 21 ya eran millonarios.

Me decepcioné cuando pensé en eso porque creí que no había hecho nada de lo que había planeado, nada de lo que quería y nada de lo que había soñado. Es que además ahora está de moda tener aspiraciones altas que eventualmente tienes o tienes que cumplir. Yo, por lo general, nunca termino lo que empiezo.

Luego, en esos días, recibí mi título profesional y mi cédula. A partir de ahora soy una licenciada al menos en papel porque lo del título nobiliario, como decían mis profesores, se hace patente sólo hasta después de los treinta o treinta y tantos años con una carrera más o menos consolidada.

Ahí me di cuenta. Seguramente no lo había hecho porque después de 4 años levantándome a las 5 de la mañana, regresando de la escuela en promedio a las 10 de la noche, con tremendos desvelos, la verdad no le tomé importancia. Pero eso fue lo único que empecé y termine como Thor manda.

Cuando decidí qué es lo que quería estudiar, o eso creí, y antes de eso cuando tomé por convicción no ser igual que mis compañeros de secundaria y terminar una carrera empezó todo aquello. Es quizá la primera cosa que termino bien, la segunda fue el TOEFL. Así que después de esos años de angustia, desesperación y aprendizaje lo concluí y pensé: “si pude hacer eso, puedo hacer más cosas”.


Así que bien, eso fue lo que pasó a los 24 años, me titule aunque en realidad me gradué a los 22, cosa que gente que conocí considero una proeza. No diseñé un videojuego, ni un buscador web, no inventé cómo teletransportarte en 2 segundos, tampoco fundé mi propia compañía de nuevas e innovadoras ideas que cambiarán al mundo, ni escribí un libro, pero bueno hice algo. 

sábado, 17 de mayo de 2014

Sociability is hard enough for me

No les he contado una parte que me gusta de mi empleo. Estoy en una oficina donde laboran 8 personas y esas 8 personas estamos en asuntos diferentes. Por lo regular en la pequeña oficina donde hago mis labores, sólo estamos mi jefa y yo. Me gusta mucho esa parte de mi empleo.

Me imagino lo difícil que resultaría para mi los encuentros en un comedor, las pláticas en los pasillos o los buenos días a más de 15 personas. Entonces me doy cuenta que mi personalidad agradece no tener compañeros de oficina porque socializar me resulta muy complicado.

Estuve pensando en eso. Estuve pensando, también, en mis amigos. Yo soy una pequeña cenicienta que no vive de noche, que prefiere contemplar el techo hasta las 2 de la madrugada en un viernes por la noche. Recordé a mis amigos y sus vidas, y llegué a la conclusión de que no sé por qué me hablan.

Tampoco es que tenga montones de amigos, tengo pocos porque mi sociabilidad tiene límites. Son de esa clase de personas, si no sociables del todo, sí extrovertidas más no en un nivel cliché, amigables, agradables y divertidas. La mayoría tiene vida social nocturna y grupos de amigos de distintos rubros.

No saben lo triste que me parecen las personas que sólo conocen gente por un ambiente del que no salen. Entre esas personas estoy yo. Aunque seguramente ellos estarán más tristes por mí porque al menos ellos salen y yo no.

Las pocas veces que he ido a fiestas o reuniones, me percató que llegan las once o doce de la noche (casos extremos en los que me he quedado a esas horas en una fiesta) y me da un sueño terrible. Me agota física y mentalmente ir a ese tipo de reuniones, se me hace extraño para una persona que sufre de insomnio y que pasa en vela sus noches viendo vídeos en Youtube.

En serio, no entiendo por qué me hablan. Yo soy muy aburrida, siempre lo he dicho, soy una anciana viviendo en el cuerpo de una persona joven. Mi papá dice que nunca ha sido lo mío eso de “salir con mis amigos”. Y esa es la respuesta que siempre doy cuando te hacen la pregunta “¿y qué te gusta hacer?”

No diría en público, mucho menos a desconocidos, lo que en realidad me gusta hacer: tirarme en mi cama viendo series, películas, leer un libro, ir sola al cine, ir a museos y caminar sin rumbo por las calles. Me aventarían jitomates de la aburrición que les causaría escuchar eso.

Tal vez si es cierto lo que me dice mi familia "Dany eres tan rara". Mis hermanas, salvo la mayor, salían mucho y tenían muchos amigos, al menos, antes de casarse y tener hijos. Pero mis hermanas y yo somos mundos distintos que nos tocaron padres distintos. No me puedo quejar, vivir con mi padre me llenó de independencia y libertades.

Mi papá nunca ejerció prohibiciones, sólo recomendaciones, a veces creo que cayó en cierta indiferencia. Muchos envidiarían mi libertad de salir y sólo avisar, pero lo que yo hice con esa libertad fue encerrarme. Mi figura de autoridad siempre me dejó hacer lo que quería y salvo que en ocasiones ejerce terror psicológico contándome el nuevo crimen del vecindario con la esperanza de que no llegue tarde a casa, se puede decir que es bastante relajado.

Salgo con mis amigos, a veces, vamos al cine, a veces sólo vamos a comer o a caminar. Pero creo que en el fondo, jamás me invitarían más de tres veces a salir porque soy aburrida. Me la paso hablando de temas intensos y de cómo va la vida, quisiera preguntarles todo y no hablar de mí. Quisiera decir buenos chistes y recomendar un buen lugar al que fui, pero no soy así.

Diré toda mi vida que en realidad ellos eligieron hablarme a mí, a pesar de todo, por lo que les agradezco. Yo no puedo elegir, nunca lo he hecho porque no puedo socializar. Creo que me tienen mucha paciencia por mis constantes cambios de humor y mi pésimo comportamiento, eso tampoco podría terminar de agradecerlo.

Soy un ente solitario porque también fui educada así. Crecí en un momento donde todos los miembros de mi familia también crecieron y se fueron. Todos los días es un aprendizaje para mí y entenderme a mi misma haciendo cosas sola. Como la primera vez que salí sola o cuando fui al cine sola en mi cumpleaños.

Ese día, supongo que se escuchará triste, pero no lo fue. Me levanté temprano, me metí a bañar. Estaba en mi año sabático así que decidí no ir a clase de francés. Tomé mis llaves, dinero y salí de casa, no había nadie. Llegué al cine antes de medio día y pedí un boleto para El Gran Gatsby.

En medio de una sala casi vacía, me miró una mujer. Me preguntó la hora y me comentó un incidente que tuvo en la taquilla. Me cuestionó si venía sola y le respondí afirmativamente, me miró. Nunca voy a olvidar la forma en la que me miró, no fue con tristeza, más bien fue orgullo y me dijo “¡felicidades, se necesitan más mujeres como tú, valientes y que no les de miedo ir al cine sola por lo que digan los demás!”. Fue el mejor feliz cumpleaños que tuve.

Además ese día llovió, llovió a cántaros y me regresé a casa caminando mientras brincaba entre charcos y llegaba hecha una sopita a mi casa. Cuando mi papá finalmente se acordó que era mi cumpleaños me dijo que aunque sabía que no quería festejarlo me había comprado una tarta, me comí una rebanada y fui a la cama.

En ese momento entendí que había aprendido a vivir sola y que me gustaba mucho estar conmigo. No me malentiendan, quiero mucho a mis amigos, sólo que a veces no les puedo llevar el ritmo y creo que se sienten algo decepcionados. Seguramente preferirían salir a tomar una cerveza antes que quedarse conmigo haciendo un club de lectura.

Hace unos días hice un test de inteligencia emocional. No fue la gran cosa, son fáciles de hacer en internet. Me pareció curioso que salí con puntuaciones altas en relaciones sociales. Imagino que el resultado fue aquél porque la mayor parte de las preguntas se referían a si sabía identificar emociones en los otros, lo cual puedo hacer.

Por el contrario en autoconocimiento salí con puntuaciones bajas a pesar de que me la paso todo el tiempo sola, pero achacó esos resultados a que ponen autoconocimiento junto con autoestima y sobra decir que es un reto para mí eso de la estima por mi persona.

La verdad es que no soy una persona interesante y siempre paso desapercibida. No soy alguien a quien voltearías a ver por la calle, lo cual agradezco y no, la única parte mala de que no te noten es que chocan contigo en las calles. La mejor parte es que llamar la atención nunca ha sido lo mío.

Me da miedo en algún punto, porque tengo amigas que conozco desde hace muchos años, puedo decir que son con las que mantengo lazos más fuertes incluso sin frecuentarnos tanto. Tampoco cumplo con el cliché “best friend”. Pero con mis otras amistades tengo algo de temor.

Yo lo dije una vez y no me retractaré de ello. Para mantener una relación de cualquier índole hay que ser constante. Siento que  hemos recorrido caminos diferentes y nuestras carreras profesionales nos llevan a otros lugares que eventualmente no sé si tendremos algo en común.


Entre más pasan los años, más complicado es para mí socializar y sé que por esa razón no he hecho muchas nuevas amistades en los últimos 3 años. Soy más como Graham Coxon, soy esa canción de Coffee and TV. Porque hoy por hoy mi nueva mejor amistad ha sido una pantallita.

viernes, 2 de mayo de 2014

Eso de enamorarse

He estado recapitulando pasajes de mi vida. Hay unos recuerdos que llegan frescos, frescos como la lechuga. Hay otros recuerdos que parecen distantes y borrosos como esos lentes empañados. Esta parte de mi vida está entre fresca y borrosa.

Soy una niña, con todo lo que eso conlleva. Tienes que pelear todos los días con una parte de ti que no te gusta. Alguna de esas partes, que son varias, te molesta más que otras. La mía es mi incapacidad de ser sensible y seria en esas cosas del amor. Me burlo, me aburro, me parece patético y también me parece triste.

Recapitule esa parte de mi, porque hasta en esto hay estándares. Ahora que tengo los veintitantos, sí importa hablar de estas cosas, ahora no es algo infantil y trillado. No sé dónde tomo la seriedad, supongo que lo tomo cuando me rompieron el corazón.

Honestamente me da miedo. En general, me da miedo conocer gente, hombres y mujeres, qué les puedo decir soy una persona muy tímida. A veces mi timidez se traduce en una actitud grosera o altanera, no es así, sólo no sé actuar con otras personas. Me dan miedo las personas, porque irremediablemente te lastiman.

Abrir tu corazón (qué frase tan cursi) es complicado. Qué te garantiza que no saldrás corriendo desconsoladamente, quién te garantiza que no saldrás con un montón de traumas y con aún más miedos. Nada, con las personas y los sentimientos no hay garantía de nada.

Así que voy por la vida como una adolescente de 16 años, porque a los 16 me decían que estaba bien. “Está bien, no te apresures, alguien vendrá, no eres rara”, pero y ¿ahora? Ya no tengo 16 años y algunas personas me dicen “esta bien ya vendrá”, pero no lo dicen con esa seguridad de hace 6 años.

¿Debo comenzar a usar esas salas de chat? Mi familia cada vez duda más de mi existencia como persona emocional y cercana a otras personas, sobre todo, del sexo opuesto. Hacen cualquier cosa para sacarme hasta en rifa, si pudieran, estoy segura que me presentarían a cualquier persona a la menor oportunidad.

Saben, no me preocupaba antes, tampoco es que mi vida gire en torno a mi situación sentimental. Es sólo que ahora, veo más seguro estar en soledad toda mi vida. No es culpa de los demás, no me malinterpreten. Los esfuerzos se han hecho y sin éxito.

Las experiencias que he tenido han terminado en canciones amargas, comida chatarra y alguna que otra lágrima. Luego como uno es exagerado, piensa “ya, esto es lo peor que me puede pasar”, pero no lo es. Supongo que a eso le temo más, pensar “si pasó esto, qué pasará con el siguiente”.

Mis elecciones han sido erróneas. No con las personas, pero sí de la forma en la que me manejo. Nunca me había enamorado, es decir, no realmente. Esas canciones de la vida eran sólo canciones. No quería entenderlas, pero es una cosa involuntaria que también te avisan, y a la que te rehúsas involucrarte hasta que estas bien metido.

Vi una tonta, tonta película romántica. Debo decir que esos filmes tienen la culpa de las ilusiones y esperanzas en las personas. Una vez alguien me dijo: “tu historia me recuerda a esa película”. La vi con cierto escepticismo y de manera muy ridícula, sí se parecía a algo que viví. La vi varias veces más, después de eso.

Me recordaba lo que había vivido y quería pensar que de alguna forma eso nos pasaría. Nos veríamos después de un tiempo, luego otra vez y luego otra vez. Volveríamos a mirarnos de ese modo y nos daríamos cuenta que nos extrañábamos y que nunca habíamos conocido a alguien como nosotros. Es una tontería ¿no?

Quería pensar, supongo, que existe aquel mito de la media naranja, del primer amor, del amor de la vida, pero no sé quién inventó eso. En el camino algo tortuoso que pasamos los dos creo que nos dimos cuenta que nos encontramos en un momento extraño, pero que esas cosas que se escriben en los libros y los guiones de las películas no son cosas que realmente pasen.

Eres exigente, me dicen. La verdad es que no he madurado. Que tal que sigo soñando despierta con aquel vocalista de esa banda de la adolescencia. Que tal que pienso que un día voy a despertar, salir al cine sola y alguien con finta de ser inglés, músico y filántropo se me acerca a preguntar mi nombre. Podría escribir esos guiones de películas, son muy sencillos si usas todos los lugares comunes.

Después de todo lo que pasó, hice mi táctica de retirada porque no había nada más que hacer. Además de envolverme en las cobijas y adoptar posición fetal, me encerré en ese caparazón que por más intentos que haga, simplemente, no puedo quitarme.

Llegan otras personas, es decir, hombres, se me acercan, y me parece tan irritante. Ódienme porque lo merezco. Me caen mal, me chocan los falsos conquistadores que tratan de parecer galantes con frases mal hechas, me caen tan mal los que hacen cosas súper extrañas porque son igual de tímidos que uno, o que te hacen sentir incómoda con su cara de cachorro, o esos que se invitan solos o están esperando  a hacer algo juntos. Lo sé, soy tan intolerante.

Mis amigas me dicen “ya sé, ya sé, eso nos pasa a todas”. No digo lo intolerante. Sino la parte en la que las personas que nos agradan física e intelectualmente no les gustamos. En mi caso, piensan que soy rara o tienen novia, que es aún peor. Y a todas les pasa que las personas que menos nos gustan están ahí como garrapata.

“No será que los atraes”, me dijo una amiga. Me sentí peor, qué clase de personas estoy atrayendo. Aquellos que son lo contrario a mi, que les gusta lo contrario que a mí. Les atraigo porque soy “rara”, cuando me dicen eso, me siento como cuando en la secundaria me molestaban los niños porque decían que me veía chistosa enojada. Así de absurdo me parece.

Quitando mi parte irritable, pienso en mi poca experiencia. Las últimas dos personas que me gustaron y de las que sí, puedo decir que me enamoré, uno más que el otro, fueron algo crueles. Asumo toda mi responsabilidad, es más asumo LA responsabilidad. Fue mi culpa no salir, fue mi culpa no actuar, fue mi culpa callar, fue mi culpa hacerlo cuando sabía que estaba mal.

Al final, ellos dijeron que sentían algo, quien sabe si algo muy fuerte o no. También al final decidieron dejarlo, dejarme. Eso me hace pensar si soy alguien por quien realmente no vale la pena pelear. Si soy alguien por la que no vale la pena arriesgar algo o aprovechar el momento.

Después de mis cosas raras e irritabilidad, mencionada líneas arriba, supongo que no, no valgo la pena para arriesgarse en una relación con alguien que tiene tantos problemas mentales como yo, y que es, nunca sobra decir, demasiado exigente y demasiado miedosa. Así que como no va a llegar un Damon Albarn o un inglés a cortejarme, supongo que seré una tía loca por los perros.

Honestamente, a veces me da tristeza, pero es algo que no he podido cambiar, porque sé que soy yo completamente la del problema. Algunas de mis amistades ya se cansaron de decir “ya llegará”, lo han reemplazado por el “¡pues dile que si sales con él!”. En realidad es que soy un alien que ha venido a fastidiarlos a todos y no puedo enamorarme.

Lo he pensado más porque es lo que hacen las jóvenes adultas de veintitantos. Lo he pensado porque llegó una fiebre desde el año pasado llamada “Ya tengo novi@ 2013-2014”. Porque llegan los novios, los espos@s y los hijos y los amigos se van olvidado de ti, mientras yo me quedo desvelándome, viendo esa tonta, tonta película romántica mientras como bombones.


Estaré viéndola, pero ya no le encuentro el parecido a mi historia, porque dentro de 5 o 10 años si nos reencontramos, no te acordarás de nada. Luego iré a la cama y fantasearé como a los 16 años con ese vocalista mientras el sueño me vence y mañana comienza un nuevo día.